11 de marzo de 2026

Ampliado y terminado el 19 de marzo de 2026

 

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https://www.las21tesisdetito.com/vida_muerte_resurreccion_y_apariciones_de_jesus.pdf

 

 

PARA BAJARLO EN AUDIO:

(En construcción)

 

 

 

 

 

 

PRÓLOGO DE TITO MARTÍNEZ:

La versión bíblica que he utilizado para este relato combinado y por orden cronológico de la vida, muerte, resurrección y apariciones de Jesús el Mesías es el Testimonio de los Apóstoles, una versión magnífica del Nuevo Testamento escrita por el teólogo bíblico henoteista Tito Martínez. En el siguiente enlace la puede descargar de Internet en pdf gratis.

https://www.las21tesisdetito.com/el_testimonio_de_los_apostoles.pdf

Obviamente he hecho una selección de pasajes escogidos que encontramos en el Nuevo Testamento sobre la vida de Jesús y sus milagros, sin embargo, la pasión, muerte, resurrección y apariciones de Jesús está completa y haciendo una combinación unida, armoniosa y cronológica de las cuatro narraciones de Mateo, Marcos, Lucas y Juan. ¡¡Esto es algo que jamás nadie ha hecho en la Historia del cristianismo!!, pero que un servidor ha conseguido hacer.

Comenzamos.

 

NARRADOR:

Antes de la creación del universo ya existía el Señor Jesús el Mesías juntamente con el Dios supremo, el Poderoso, el Padre celestial. Así lo leemos en el Evangelio de Juan capítulo 1 verso 1.

“En el principio ya existía el Verbo, y el Verbo estaba con el Poderoso y el Verbo era poderoso”.

Este Verbo divino es Jesús el Mesías, el cual es eterno, jamás fue creado, sino que siempre existió junto con el Dios supremo que es el Padre celestial (el Poderoso), el mayor de todos los dioses del universo.

En Juan 1:14 leemos que este verbo divino, que es Jesús, se hizo carne y habitó entre nosotros.

Este Verbo divino y eterno llamado en hebreo Yeshua y transliterado al español Jesús es el protagonista principal de este relato.

El nacimiento de Jesús el Mesías fue así:

Libro de la genealogía de Jesús el Mesías, hijo de David, hijo de Abraham. Abraham engendró a Isaac, Isaac a Jacob, y Jacob a Judá y a sus hermanos. Judá engendró de Tamar a Fares y a Zara, Fares a Esrom, y Esrom a Aram. Aram engendró a Aminadab, Aminadab a Naasón, y Naasón a Salmón. Salmón engendró de Rahab a Booz, Booz engendró de Rut a Obed, y Obed a Isaí. Isaí engendró al rey David, y el rey David engendró a Salomón de la que fue mujer de Urías. Salomón engendró a Roboam, Roboam a Abías, y Abías a Asa. Asa engendró a Josafat, Josafat a Joram, y Joram a Uzías. Uzías engendró a Jotam, Jotam a Acaz, y Acaz a Ezequías.

Ezequías engendró a Manasés, Manasés a Amón, y Amón a Josías.

Josías engendró a Jeconías y a sus hermanos, en el tiempo de la deportación a Babilonia. Después de la deportación a Babilonia, Jeconías engendró a Salatiel, y Salatiel a Zorobabel. Zorobabel engendró a Abiud, Abiud a Eliaquim, y Eliaquim a Azor. Azor engendró a Sadoc, Sadoc a Aquim, y Aquim a Eliud. Eliud engendró a Eleazar, Eleazar a Matán, Matán a Jacob; y Jacob engendró a José, marido de María, de la cual nació Jesús, llamado el Mesías.

De manera que todas las generaciones desde Abraham hasta David son catorce; desde David hasta la deportación a Babilonia, catorce; y desde la deportación a Babilonia hastal Mesías, catorce.

El mensajero Gabriel fue enviado por el Poderoso a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un varón que se llamaba José, de la casa de David; y el nombre de la virgen era María. Y entrando el mensajero en donde ella estaba, dijo:

 

EL ÁNGEL GABRIEL:

¡Salve, muy favorecida! El Señor es contigo; bendita tú entre las mujeres.

 

NARRADOR:

Mas ella, cuando le vio, se turbó por sus palabras, y pensaba qué salutación sería esta.

Entonces el mensajero le dijo:

 

GABRIEL:

María, no temas, porque has hallado favor inmerecido delante del Poderoso. Y ahora, concebirás en tu vientre, y darás a luz un hijo, y llamarás su nombre JESÚS. Este será grande, y será llamado Hijo del Altísimo; y el Señor el Poderoso le dará el trono de David su padre; y reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin.

 

NARRADOR:

Entonces María dijo al mensajero:

 

MARÍA:

¿Cómo será esto? pues no conozco varón.

 

NARRADOR:

Respondiendo el mensajero, le dijo:

 

ÁNGEL GABRIEL:

La energía del Poderoso vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por lo cual también el Apartado para el Poderoso que nacerá, será llamado Hijo del Poderoso. Y he aquí tu parienta Elisabet, ella también ha concebido hijo en su vejez; y este es el sexto mes para ella, la que llamaban estéril; porque nada hay imposible para el Poderoso.

 

NARRADOR:

Entonces María dijo:

 

MARÍA:

He aquí la sierva del Señor; hágase conmigo conforme a tu palabra.

 

NARRADOR:

Y el mensajero se fue de su presencia.

Estando desposada María su madre con José, antes que se juntasen, se halló que había concebido de la energía del Poderoso. José su marido, como era justo, y no quería infamarla, quiso dejarla secretamente. Y pensando él en esto, he aquí un mensajero del Señor le apareció en sueños y le dijo:

 

ÁNGEL:

José, hijo de David, no temas recibir a María tu mujer, porque lo que en ella es engendrado, de la energía del Poderoso es. Y dará a luz un hijo, y llamarás su nombre JESÚS, porque él salvará a su pueblo de sus pecados.

 

NARRADOR:

Aconteció en aquellos días, que se promulgó un edicto de parte de Augusto César, que todo el mundo fuese empadronado. Este primer censo se hizo siendo Cirenio gobernador de Siria. E iban todos para ser empadronados, cada uno a su ciudad. Y José subió de Galilea, de la ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad de David, que se llama Belén, por cuanto era de la casa y familia de David; para ser empadronado con María su mujer, desposada con él, la cual estaba encinta. Y aconteció que estando ellos allí, se cumplieron los días de su alumbramiento. Y dio a luz a su hijo primogénito, y lo envolvió en pañales, y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el mesón.

Todo esto aconteció para que se cumpliese lo dicho por el Señor por medio del profeta, cuando dijo: He aquí, una virgen concebirá y dará a luz un hijo, Y llamarás su nombre Emanuel, que traducido es: el Poderoso con nosotros. Y despertando José del sueño, hizo como el mensajero del Señor le había mandado, y recibió a su mujer. Pero no la penetró sexualmente hasta que dio a luz a su hijo; y le puso por nombre JESÚS.

Después de haber cumplido con todo lo prescrito en la ley del Señor, volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. Y el niño crecía y se fortalecía, y se llenaba de sabiduría; y el favor inmerecido del Poderoso era sobre él. ´

Iban sus padres todos los años a Jerusalén en la fiesta de la pascua; y cuando tuvo doce años, subieron a Jerusalén conforme a la costumbre de la fiesta. Al regresar ellos, acabada la fiesta, se quedó el niño Jesús en Jerusalén, sin que lo supiesen José y su madre. Y pensando que estaba entre la compañía, anduvieron camino de un día; y le buscaban entre los parientes y los conocidos; pero como no le hallaron, volvieron a Jerusalén buscándole. Y aconteció que tres días después le hallaron en el templo, sentado en medio de los doctores de la ley, oyéndoles y preguntándoles. Y todos los que le oían, se maravillaban de su inteligencia y de sus respuestas.

Cuando le vieron, se sorprendieron; y le dijo su madre:

 

MARÍA:

Hijo, ¿por qué nos has hecho así? He aquí, tu padre y yo te hemos buscado con angustia.

 

NARRADOR:

Entonces él les dijo:

 

JESÚS:

¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que en los negocios de mi Padre me es necesario estar?

 

NARRADOR:

Mas ellos no entendieron las palabras que les habló.

Y descendió con ellos, y volvió a Nazaret, y estaba sujeto a ellos. Y su madre guardaba todas estas cosas en su corazón. Y Jesús crecía en sabiduría y en estatura, y en favor inmerecido para con el Poderoso y los hombres.

En aquellos días vino Juan el Bautista predicando en el desierto de Judea, y diciendo:

 

JUAN EL BAUTIZADOR:

Cambiad vuestra forma de pensar, porque el reino de los cielos se ha acercado.

 

NARRADOR:

Pues éste es aquel de quien habló el profeta Isaías, cuando dijo:

Voz del que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor, Enderezad sus sendas.”

Aconteció que cuando todo el pueblo se bautizaba, también Jesús fue bautizado; y orando, el cielo se abrió, y descendió la energía del Poderoso sobre él en forma corporal, como paloma, y vino una voz del cielo que decía:

 

VOZ DEL DIOS PADRE:

Tú eres mi Hijo amado; en ti tengo complacencia, a él escuchad.

 

NARRADOR:

Cuando Jesús oyó que Juan estaba preso, volvió a Galilea; y dejando a Nazaret, vino y habitó en Capernaum, ciudad marítima, en la región de Zabulón y de Neftalí, para que se cumpliese lo dicho por el profeta Isaías, cuando dijo:

Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí,

Camino del mar, al otro lado del Jordán,

Galilea de los que no conocen al Poderoso.

El pueblo asentado en tinieblas vio gran luz; Y a los asentados en región de sombra de muerte, Luz les resplandeció.

Jesús, lleno de la energía del Poderoso, volvió del Jordán, y fue llevado por la energía del Poderoso al desierto por cuarenta días, y era tentado por el diablo. Y no comió nada en aquellos días, pasados los cuales, tuvo hambre. Entonces el diablo le dijo:

 

EL DIABLO:

Si eres Hijo del Poderoso, dí a esta piedra que se convierta en pan.

 

NARRADOR:

Jesús, respondiéndole, dijo:

 

JESÚS:

Escrito está: No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra del Poderoso.

 

NARRADOR:

Y le llevó el diablo a un alto monte, y le mostró en un momento todos los reinos de la tierra. Y le dijo el diablo:

 

EL DIABLO:

A ti te daré toda esta autoridad, y el poder de ellos; porque a mí me ha sido entregada, y a quien quiero la doy. Si tú postrado me adorares, todos serán tuyos.

 

NARRADOR:

Respondiendo Jesús, le dijo:

 

JESÚS:

Vete de mí, Satanás, porque escrito está: Al Señor tu Poderoso adorarás, y a él solo servirás.

 

NARRADOR:

Y le llevó a Jerusalén, y le puso sobre el pináculo del templo, y le dijo:

 

EL DIABLO:

Si eres Hijo del Poderoso, échate de aquí abajo; porque escrito está: A sus mensajeros mandará acerca de ti, que te guarden; y, En las manos te sostendrán, Para que no tropieces con tu pie en piedra.

 

NARRADOR:

Respondiendo Jesús, le dijo:

 

JESÚS:

Dicho está: No tentarás al Señor tu Poderoso.

 

NARRADOR:

Y cuando el diablo hubo acabado toda tentación, se apartó de él por un tiempo.

Y Jesús volvió en el poder de la energía del Poderoso a Galilea, y se difundió su fama por toda la tierra de alrededor. Y enseñaba en las sinagogas de ellos, y era alabado por todos. 

Vino a Nazaret, donde se había criado; y en el día de reposo entró en la sinagoga, conforme a su costumbre, y se levantó a leer. Y se le dio el libro del profeta Isaías; y habiendo abierto el libro, halló el lugar donde estaba escrito:

 

JESÚS:

La energía del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres; me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón; a pregonar libertad a los cautivos, y vista a los ciegos; a poner en libertad a los oprimidos; a predicar el año agradable del Señor.

 

NARRADOR:

Y enrollando el libro, lo dio al servidor, y se sentó; y los ojos de todos en la sinagoga estaban fijos en él. Y comenzó a decirles:

 

JESÚS:

Hoy se ha cumplido esta Escritura delante de vosotros.

 

NARRADOR:

Y todos daban buen testimonio de él, y estaban maravillados de las palabras de favor inmerecido que salían de su boca, y decían:

 

JUDÍOS:

¿No es éste el hijo de José?

 

NARRADOR:

Él les dijo:

 

JESÚS:

Sin duda me diréis este refrán: Médico, cúrate a ti mismo; de tantas cosas que hemos oído que se han hecho en Capernaum, haz también aquí en tu tierra.

 

NARRADOR:

Y añadió:

 

JESÚS:

De cierto os digo, que ningún profeta es acepto en su propia tierra. Y en verdad os digo que muchas viudas había en Israel en los días de Elías, cuando el cielo fue cerrado por tres años y seis meses, y hubo una gran hambre en toda la tierra; pero a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una mujer viuda en Sarepta de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempo del profeta Eliseo; pero ninguno de ellos fue limpiado, sino Naamán el sirio.

 

NARRADOR:

Al oír estas cosas, todos en la sinagoga se llenaron de ira; y levantándose, le echaron fuera de la ciudad, y le llevaron hasta la cumbre del monte sobre el cual estaba edificada la ciudad de ellos, para despeñarle. Mas él pasó por en medio de ellos, y se fue.

Jesús mismo al comenzar su servicio era como de treinta años.

Desde entonces comenzó Jesús a predicar, y a decir:

 

JESÚS:

“Cambiad vuestra forma de pensar, porque el reino de los cielos se ha acercado.”

 

NARRADOR:

Y recorrió Jesús toda Galilea, enseñando en las sinagogas de ellos, y predicando la Buena Noticia del reino, y sanando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo. Y se difundió su fama por toda Siria; y le trajeron todos los que tenían dolencias, los afligidos por diversas enfermedades y tormentos, los endemoniados, lunáticos y paralíticos; y los sanó. Y le siguió mucha gente de Galilea, de Decápolis, de Jerusalén, de Judea y del otro lado del Jordán.

Andando Jesús junto al mar de Galilea, vio a dos hermanos, Simón, llamado Pedro, y Andrés su hermano, que echaban la red en el mar; porque eran pescadores. Y les dijo:

 

JESÚS:

Venid en pos de mí, y os haré pescadores de hombres.

 

NARRADOR:

Ellos entonces, dejando al instante las redes, le siguieron.

Pasando de allí, vio a otros dos hermanos, Jacobo hijo de Zebedeo, y Juan su hermano, en la barca con Zebedeo su padre, que remendaban sus redes; y los llamó. Y ellos, dejando al instante la barca y a su padre, le siguieron.

Viendo la multitud, subió al monte; y sentándose, vinieron a él sus discípulos.

Y abriendo su boca les enseñaba, diciendo:

 

JESÚS:

Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación.

Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad.

Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados.

Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.

Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán al Poderoso.

Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos del Poderoso. Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados sois cuando por mi causa os vituperen y os persigan, y digan toda clase de mal contra vosotros, mintiendo. Gozaos y alegraos, porque vuestro galardón es grande en los cielos; porque así persiguieron a los profetas que fueron antes de vosotros.

Y cuando ores, no seas como los hipócritas; porque ellos aman el orar en pie en las sinagogas y en las esquinas de las calles, para ser vistos de los hombres; de cierto os digo que ya tienen su recompensa. Mas tú, cuando ores, entra en tu aposento, y cerrada la puerta, ora a tu Padre que está en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público. Y orando, no uséis vanas repeticiones, como los que no conocen al Poderoso, que piensan que por su palabrería serán oídos. No os hagáis, pues, semejantes a ellos; porque vuestro Padre sabe de qué cosas tenéis necesidad, antes que vosotros le pidáis. Vosotros, pues, oraréis así: Padre nuestro que estás en el cielo, perfecto es tu nombre. Venga tu reino. Hágase tu voluntad en la tierra, así como se hace en el cielo. El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy. Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores. Y no permitas que caigamos en la tentación, mas líbranos del mal; porque tuyo es el reino, y el poder, y el resplandor, por todas las eras. Con toda certeza así es.

Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; más si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas.

Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta, y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos son los que entran por ella; porque estrecha es la puerta, y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan.

Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con vestidos de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos, o higos de los abrojos? Así, todo buen árbol da buenos frutos, pero el árbol malo da frutos malos. No puede el buen árbol dar malos frutos, ni el árbol malo dar frutos buenos. Todo árbol que no da buen fruto, es cortado y echado en el fuego. Así que, por sus frutos los conoceréis.

No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en el cielo. Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces les declararé: Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad.

 

NARRADOR:

Entonces llamando a sus doce discípulos, les dio autoridad sobre los espíritus inmundos, para que los echasen fuera, y para sanar toda enfermedad y toda dolencia. Los nombres de los doce enviados son estos: primero Simón, llamado Pedro, y Andrés su hermano; Jacobo hijo de Zebedeo, y Juan su hermano; 3 Felipe, Bartolomé, Tomás, Mateo el publicano, Jacobo hijo de Alfeo, Lebeo, por sobrenombre Tadeo, Simón el cananista, y Judas Iscariote, el que también le entregó.

A estos doce envió Jesús, y les dio instrucciones, diciendo:

 

JESÚS:

Por camino de los que no conocen al Poderoso no vayáis, y en ciudad de samaritanos no entréis, sino id antes a las ovejas perdidas de la casa de Israel. Y yendo, predicad, diciendo: El reino de los cielos se ha acercado. Sanad enfermos, limpiad leprosos, resucitad muertos, echad fuera demonios; de favor inmerecido recibisteis, dad de favor inmerecido. No os proveáis de oro, ni plata, ni cobre en vuestros cintos; ni de alforja para el camino, ni de dos túnicas, ni de calzado, ni de bordón; porque el obrero es digno de su alimento. Mas en cualquier ciudad o aldea donde entréis, informaos quién en ella sea digno, y posad allí hasta que salgáis. Y al entrar en la casa, saludadla. Y si la casa fuere digna, vuestra paz vendrá sobre ella; mas si no fuere digna, vuestra paz se volverá a vosotros. Y si alguno no os recibiere, ni oyere vuestras palabras, salid de aquella casa o ciudad, y sacudid el polvo de vuestros pies. De cierto os digo que, en el día del juicio, será más tolerable el castigo para la tierra de Sodoma y de Gomorra, que para aquella ciudad.

He aquí, yo os envío como a ovejas en medio de lobos; sed, pues, prudentes como serpientes, y sencillos como palomas. Y guardaos de los hombres, porque os entregarán a los concilios, y en sus sinagogas os azotarán; y aún ante gobernadores y reyes seréis llevados por causa de mí, para testimonio a ellos y a los que no conocen al Poderoso. Mas cuando os entreguen, no os preocupéis por cómo o qué hablaréis; porque en aquella hora os será dado lo que habéis de hablar. Porque no sois vosotros los que habláis, sino el Espíritu de vuestro Padre que habla en vosotros. El hermano entregará a la muerte al hermano, y el padre al hijo; y los hijos se levantarán contra los padres, y los harán morir. Y seréis aborrecidos de todos por causa de mi nombre; mas el que persevere hasta el fin, éste será salvo.

Cuando os persigan en esta ciudad, huid a la otra; porque de cierto os digo, que no acabaréis de recorrer todas las ciudades de Israel, antes que venga el Hijo de Hombre. El discípulo no es más que su maestro, ni el siervo más que su Señor. Bástale al discípulo ser como su maestro, y al siervo como su Señor. Si al padre de familia llamaron Beelzebú, ¿cuánto más a los de su casa?

Así que, no los temáis; porque nada hay encubierto, que no haya de ser manifestado; ni oculto, que no haya de saberse. Lo que os digo en tinieblas, decidlo en la luz; y lo que oís al oído, proclamadlo desde las azoteas. Y no temáis a los que matan el cuerpo, mas el alma no pueden matar; temed más bien a aquel que puede destruir el alma y el cuerpo en el fuego de la destrucción. ¿No se venden dos pajarillos por un cuarto? Con todo, ni uno de ellos cae a tierra sin vuestro Padre. Pues aún vuestros cabellos están todos contados. Así que, no temáis; más valéis vosotros que muchos pajarillos. A cualquiera, pues, que me confíese delante de los hombres, yo también le confesaré delante de mi Padre que está en el cielo

Y a cualquiera que me niegue delante de los hombres, yo también le negaré delante de mi Padre que está en el cielo.

No penséis que he venido para traer paz a la tierra; no he venido para traer paz, sino espada. Porque he venido para poner en disensión al hombre contra su padre, a la hija contra su madre, y a la nuera contra su suegra; y los enemigos del hombre serán los de su casa. El que ama a padre o madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a hijo o hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no toma su madero de tormento y sigue en pos de mí, no es digno de mí. El que halla su vida, la perderá; y el que pierde su vida por causa de mí, la hallará.

 

NARRADOR:

Entrando Jesús en Capernaum, vino a él un centurión, rogándole, y diciendo:

 

CENTURIÓN:

Señor, mi criado está postrado en casa, paralítico, gravemente atormentado.

 

NARRADOR:

Y Jesús le dijo:

 

JESÚS:

Yo iré y le sanaré.

 

CENTURIÓN:

Respondió el centurión y dijo:

 

CENTURIÓN:

Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo; solamente dí la palabra, y mi criado sanará. Porque también yo soy hombre bajo autoridad, y tengo bajo mis órdenes soldados; y digo a éste: Ve, y va; y al otro: Ven, y viene; y a mi siervo:

Haz esto, y lo hace.

 

NARRADOR:

Al oírlo Jesús, se maravilló, y dijo a los que le seguían:

 

JESÚS:

De cierto os digo, que ni aún en Israel he hallado tanta fe. Y os digo que vendrán muchos del oriente y del occidente, y se sentarán con Abraham e Isaac y Jacob en el reino de los cielos; mas los hijos del reino serán echados a las tinieblas de afuera; allí será el lloro y el crujir de dientes.

 

NARRADOR:

Entonces Jesús dijo al centurión:

 

JESÚS:

Ve, y como creíste, te sea hecho.

 

NARRADOR:

Y su criado fue sanado en aquella misma hora.

Y entrando él en la barca, sus discípulos le siguieron. Y he aquí que se levantó en el mar una tempestad tan grande que las olas cubrían la barca; pero él dormía.

Y vinieron sus discípulos y le despertaron, diciendo:

 

DISCÍPULOS:

¡Señor, sálvanos, que perecemos!

 

NARRADOR:

Él les dijo:

 

JESÚS:

¿Por qué teméis, hombres de poca fe?

 

NARRADOR:

Entonces, levantándose, reprendió a los vientos y al mar; y se hizo grande bonanza. Y los hombres se maravillaron, diciendo:

 

HOMBRES:

¿Qué hombre es éste, que aún los vientos y el mar le obedecen?

 

NARRADOR:

Entonces, entrando Jesús en la barca, pasó al otro lado y vino a su ciudad. Y sucedió que le trajeron un paralítico, tendido sobre una cama; y al ver Jesús la verdadera doctrina de ellos, dijo al paralítico:

 

 

JESÚS:

Ten ánimo, hijo; tus pecados te son perdonados.

 

NARRADOR:

Entonces algunos de los escribas decían dentro de sí:

 

ESCRIBAS:

Este blasfema.

 

NARRADOR:

Y conociendo Jesús los pensamientos de ellos, dijo:

 

JESÚS:

¿Por qué pensáis mal en vuestros corazones?

Porque, ¿qué es más fácil, decir: Los pecados te son perdonados, o decir: ¿Levántate y anda? Pues para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados

 

NARRADOR:

(dice entonces al paralítico):

 

JESÚS:

Levántate, toma tu cama, y vete a tu casa.

 

NARRADOR:

Entonces él se levantó y se fue a su casa. Y la gente, al verlo, se maravilló y glorificó al Poderoso, que había dado tal potestad a los hombres.

Pasando Jesús de allí, le siguieron dos ciegos, dando voces y diciendo:

 

CIEGOS:

¡Ten misericordia de nosotros, Hijo de David!

 

NARRADOR:

Y llegado a la casa, vinieron a él los ciegos; y Jesús les dijo:

 

JESÚS:

¿Confiáis que puedo hacer esto?

 

NARRADOR:

Ellos dijeron:

 

CIEGOS:

Sí, Señor.

 

NARRADOR:

Entonces les tocó los ojos, diciendo:

 

JESÚS:

Conforme a vuestra confianza os sea hecho.

 

 

NARRADOR:

Y los ojos de ellos fueron abiertos. Y Jesús les encargó rigurosamente, diciendo:

 

JESÚS:

 

Mirad que nadie lo sepa.

 

NARRADOR:

Pero salidos ellos, divulgaron la fama de él por toda aquella tierra.

Mientras salían ellos, he aquí, le trajeron un mudo, endemoniado. Y echado fuera el demonio, el mudo habló; y la gente se maravillaba, y decía:

 

GENTE:

Nunca se ha visto cosa semejante en Israel.

 

NARRADOR:

Pero los fariseos decían:

 

FARISEOS:

Por el príncipe de los demonios echa fuera los demonios.

 

JESÚS:

Os digo que todo aquel que me confesare delante de los hombres, también el Hijo del Hombre le confesará delante de los mensajeros del Poderoso; mas el que me negare delante de los hombres, será negado delante de los mensajeros del Poderoso. A todo aquel que dijere alguna palabra contra el Hijo del Hombre, le será perdonado; pero al que blasfemare contra la energía del Poderoso, no le será perdonado. Cuando os trajeren a las sinagogas, y ante los magistrados y las autoridades, no os preocupéis por cómo o qué habréis de responder, o qué habréis de decir; porque la energía del Poderoso os enseñará en la misma hora lo que debáis decir.

 

NARRADOR:

Entonces llamando a sus doce discípulos, les dio autoridad sobre los espíritus inmundos, para que los echasen fuera, y para sanar toda enfermedad y toda dolencia. Los nombres de los doce enviados son estos: primero Simón, llamado Pedro, y Andrés su hermano; Jacobo hijo de Zebedeo, y Juan su hermano; 3 Felipe, Bartolomé, Tomás, Mateo el publicano, Jacobo hijo de Alfeo, Lebeo, por sobrenombre Tadeo, Simón el cananista, y Judas Iscariote, el que también le entregó.

A estos doce envió Jesús, y les dio instrucciones, diciendo:

 

JESÚS:

Por camino de los que no conocen al Poderoso no vayáis, y en ciudad de samaritanos no entréis, sino id antes a las ovejas perdidas de la casa de Israel. Y yendo, predicad, diciendo: El reino de los cielos se ha acercado. Sanad enfermos, limpiad leprosos, resucitad muertos, echad fuera demonios; de favor inmerecido recibisteis, dad de favor inmerecido. No os proveáis de oro, ni plata, ni cobre en vuestros cintos; ni de alforja para el camino, ni de dos túnicas, ni de calzado, ni de bordón; porque el obrero es digno de su alimento. Mas en cualquier ciudad o aldea donde entréis, informaos quién en ella sea digno, y posad allí hasta que salgáis. Y al entrar en la casa, saludadla. Y si la casa fuere digna, vuestra paz vendrá sobre ella; mas si no fuere digna, vuestra paz se volverá vosotros. Y si alguno no os recibiere, ni oyere vuestras palabras, salid de aquella casa o ciudad, y sacudid el polvo de vuestros pies. De cierto os digo que, en el día del juicio, será más tolerable el castigo para la tierra de Sodoma y de Gomorra, que para aquella ciudad.

He aquí, yo os envío como a ovejas en medio de lobos; sed, pues, prudentes como serpientes, y sencillos como palomas. Y guardaos de los hombres, porque os entregarán a los concilios, y en sus sinagogas os azotarán; y aún ante gobernadores y reyes seréis llevados por causa de mí, para testimonio a ellos y a los que no conocen al Poderoso. Mas cuando os entreguen, no os preocupéis por cómo o qué hablaréis; porque en aquella hora os será dado lo que habéis de hablar. Porque no sois vosotros los que habláis, sino el Espíritu de vuestro Padre que habla en vosotros. El hermano entregará a la muerte al hermano, y el padre al hijo; y los hijos se levantarán contra los padres, y los harán morir. Y seréis aborrecidos de todos por causa de mi nombre; mas el que persevere hasta el fin, éste será salvo.

Y no temáis a los que matan el cuerpo, mas el alma no pueden matar; temed más bien a aquel que puede destruir el alma y el cuerpo en el fuego de la destrucción.

 

NARRADOR:

En aquel tiempo, respondiendo Jesús, dijo:

 

JESÚS:

Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas de los sabios y de los entendidos, y las revelaste a los niños. Sí, Padre, porque así te agradó. Todas las cosas me fueron entregadas por mi Padre; y nadie conoce al Hijo, sino el Padre, ni al Padre conoce alguno, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar.

Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas; porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga.

 

NARRADOR:

Pasando de allí, vino a la sinagoga de ellos. Y he aquí había allí uno que tenía seca una mano; y preguntaron a Jesús, para poder acusarle:

 

JUDÍOS:

¿Es lícito sanar en el día de reposo?  

 

NARRADOR:

Él les dijo:

 

JESÚS:

¿Qué hombre habrá de vosotros, que tenga una oveja, y si ésta cayere en un hoyo en día de reposo, no le eche mano, y la levante? Pues ¿cuánto más vale un hombre que una oveja? Por consiguiente, es lícito hacer el bien en los días de reposo.

 

NARRADOR:

Entonces dijo a aquel hombre:

 

JESÚS:

Extiende tu mano.

 

NARRADOR:

Y él la extendió, y le fue restaurada sana como la otra. Y salidos los fariseos, tuvieron consejo contra Jesús para destruirle.

Entonces fue traído a él un endemoniado, ciego y mudo; y le sanó, de tal manera que el ciego y mudo veía y hablaba. Y toda la gente estaba atónita, y decía:

 

GENTE:

¿Será éste aquel Hijo de David?

 

NARRADOR:

Mas los fariseos, al oírlo, decían:

 

FARISEOS:

Este no echa fuera los demonios sino por Beelzebú, príncipe de los demonios.

 

NARRADOR:

Sabiendo Jesús los pensamientos de ellos, les dijo:

 

JESÚS:

Todo reino dividido contra sí mismo, es asolado, y toda ciudad o casa dividida contra sí misma, no permanecerá. Y si Satanás echa fuera a Satanás, contra sí mismo está dividido; ¿cómo, pues, permanecerá su reino? Y si yo echo fuera los demonios por Beelzebú, ¿por quién los echan vuestros hijos? Por tanto, ellos serán vuestros jueces. Pero si yo por la energía del Poderoso echo fuera los demonios, ciertamente ha llegado a vosotros el reino del Poderoso. Porque ¿cómo puede alguno entrar en la casa del hombre fuerte, y saquear sus bienes, si primero no le ata? Y entonces podrá saquear su casa. El que no es conmigo, contra mí es; y el que conmigo no recoge, desparrama. Por tanto os digo: Todo pecado y blasfemia será perdonado a los hombres; mas la blasfemia contra la energía del Poderoso no les será perdonada. A cualquiera que dijere alguna palabra contra el Hijo del Hombre, le será perdonado; pero al que hable contra la energía del Poderoso, no le será perdonado, ni en esta era ni en el venidero. O haced el árbol bueno, y su fruto bueno, o haced el árbol malo, y su fruto malo; porque por el fruto se conoce el árbol.

¡Generación de víboras! ¿Cómo podéis hablar lo bueno, siendo malos? Porque de la abundancia del corazón habla la boca. El hombre bueno, del buen tesoro del corazón saca buenas cosas; y el hombre malo, del mal tesoro saca malas cosas. Mas yo os digo que de toda palabra ociosa que hablen los hombres, de ella darán cuenta en el día del juicio. Porque por tus palabras serás declarado justo, y por tus palabras serás condenado.

 

NARRADOR:

Mientras él aún hablaba a la gente, he aquí su madre y sus hermanos estaban afuera, y le querían hablar. Y le dijo uno:

 

PERSONA:

He aquí tu madre y tus hermanos están afuera, y te quieren hablar.

 

NARRADOR:

Respondiendo él al que le decía esto, dijo:

 

JESÚS:

¿Quién es mi madre, y quiénes son mis hermanos?

 

NARRADOR:

Y extendiendo su mano hacia sus discípulos, dijo:

 

JESÚS:

He aquí mi madre y mis hermanos. Porque todo aquel que hace la voluntad de mi Padre que está en el cielo, ése es mi hermano, y hermana, y madre.

 

NARRADOR:

Aquel día salió Jesús de la casa y se sentó junto al mar y se le juntó mucha gente; y entrando él en la barca, se sentó, y toda la gente estaba en la playa. Y les habló muchas cosas por parábolas, diciendo:

 

JESÚS:

He aquí, el sembrador salió a sembrar. Y mientras sembraba, parte de la semilla cayó junto al camino; y vinieron las aves y la comieron. Parte cayó en pedregales, donde no había mucha tierra; y brotó pronto, porque no tenía profundidad de tierra; pero salido el sol, se quemó; y porque no tenía raíz, se secó. Y parte cayó entre espinos; y los espinos crecieron, y la ahogaron. Pero parte cayó en buena tierra, y dio fruto, cuál a ciento, cuál a sesenta, y cuál a treinta por uno. El que tiene oídos para oír, oiga.

Oíd, pues, vosotros la parábola del sembrador: Cuando alguno oye la palabra del reino y no la entiende, viene el malo, y arrebata lo que fue sembrado en su corazón. Este es el que fue sembrado junto al camino. Y el que fue sembrado en pedregales, éste es el que oye la palabra, y al momento la recibe con gozo; pero no tiene raíz en sí, sino que es de corta duración, pues al venir la aflicción o la persecución por causa de la palabra, luego tropieza. El que fue sembrado entre espinos, éste es el que oye la palabra, pero el afán de esta era y el engaño de las riquezas ahogan la palabra, y se hace infructuosa. Mas el que fue sembrado en buena tierra, éste es el que oye y entiende la palabra, y da fruto; y produce a ciento, a sesenta, y a treinta por uno.

 

NARRADOR:

Les refirió otra parábola, diciendo:

 

JESÚS:

El reino de los cielos es semejante a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero mientras dormían los hombres, vino su enemigo y sembró cizaña entre el trigo, y se fue. Y cuando salió la hierba y dio fruto, entonces apareció también la cizaña. Vinieron entonces los siervos del padre de familia y le dijeron: Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde, pues, tiene cizaña? Él les dijo: Un enemigo ha hecho esto. Y los siervos le dijeron: ¿Quieres, pues, que vayamos y la arranquemos? Él les dijo: No, no sea que al arrancar la cizaña, arranquéis también con ella el trigo.

Dejad crecer juntamente lo uno y lo otro hasta la siega; y al tiempo de la siega yo diré a los segadores: Recoged primero la cizaña, y atadla en manojos para quemarla; pero recoged el trigo en mi granero.

 

NARRADOR:

Entonces, despedida la gente, entró Jesús en la casa; y acercándose a él sus discípulos, le dijeron:

 

DISCÍPULOS:

Explícanos la parábola de la cizaña del campo.

 

NARRADOR:

Respondiendo él, les dijo:

 

JESÚS:

El que siembra la buena semilla es el Hijo del Hombre. El campo es el mundo; la buena semilla son los hijos del reino, y la cizaña son los hijos del malo. El enemigo que la sembró es el diablo; la siega es el fin de la era; y los segadores son los mensajeros. De manera que como se arranca la cizaña, y se quema en el fuego, así será en el fin de esta era. Enviará el Hijo del Hombre a sus mensajeros, y recogerán de su reino a todos los que sirven de tropiezo, y a los que hacen iniquidad, y los echarán en el horno de fuego; allí será el lloro y el crujir de dientes. Entonces los justos resplandecerán como el sol en el reino de su Padre. El que tiene oídos para oír, oiga.

 

NARRADOR:

Aconteció que cuando Terminó Jesús estas parábolas, se fue de allí. Y venido a su tierra, les enseñaba en la sinagoga de ellos, de tal manera que se maravillaban, y decían:

 

JUDÍOS:

¿De dónde tiene éste esta sabiduría y estos milagros? ¿No es éste el hijo del carpintero? ¿No se llama su madre María, y sus hermanos, Jacobo, José, Simón y Judas?¿No están todas sus hermanas con nosotros? ¿De dónde, pues, tiene éste todas estas cosas?

 

NARRADOR:

Y se escandalizaban de él. Pero Jesús les dijo:

 

JESÚS:

No hay profeta sin honra, sino en su propia tierra y en su casa.

 

NARRADOR:

Y no hizo allí muchos milagros, a causa de la desconfianza de ellos.

Y saliendo Jesús, vio una gran multitud, y tuvo compasión de ellos, y sanó a los que de ellos estaban enfermos.  Cuando anochecía, se acercaron a él sus discípulos, diciendo:

 

DISCÍPULOS:

El lugar es desierto, y la hora ya pasada; despide a la multitud, para que vayan por las aldeas y compren de comer.

 

NARRADOR:

Jesús les dijo:

 

JESÚS:

No tienen necesidad de irse; dadles vosotros de comer.

 

NARRADOR:

Y ellos dijeron:

 

DISCÍPULOS:

No tenemos aquí sino cinco panes y dos peces.

 

NARRADOR:

Él les dijo:

 

JESÚS:

Traédmelos acá.

 

NARRADOR:

Entonces mandó a la gente recostarse sobre la hierba; y tomando los cinco panes y los dos peces, y levantando los ojos al cielo, bendijo, y partió y dio los panes a los discípulos, y los discípulos a la multitud. Y comieron todos, y se saciaron; y recogieron lo que sobró de los pedazos, doce cestas llenas. Y los que comieron fueron como cinco mil hombres, sin contar las mujeres y los niños.

Pasó Jesús de allí y vino junto al mar de Galilea; y subiendo al monte, se sentó allí. Y se le acercó mucha gente que traía consigo a cojos, ciegos, mudos, mancos, y otros muchos enfermos; y los pusieron a los pies de Jesús, y los sanó; de manera que la multitud se maravillaba, viendo a los mudos hablar, a los mancos sanados, a los cojos andar, y a los ciegos ver; y glorificaban al Poderoso de Israel.

Viniendo Jesús a la región de Cesarea de Filipo, preguntó a sus discípulos, diciendo:

 

JESÚS:

¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre?

 

NARRADOR:

Ellos dijeron: Unos, Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, Jeremías, o alguno de los profetas. Él les dijo:

 

JESÚS:

Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?

 

NARRADOR:

Respondiendo Simón Pedro, dijo:

 

PEDRO:

Tú eres el Mesías, el Hijo del Poderoso viviente.

 

NARRADOR:

Entonces le respondió Jesús:

 

JESÚS:

Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en el cielo. Y yo también te digo, que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi Congregación; y las puertas del reino de la muerte no prevalecerán contra ella. Y a ti te daré las llaves del reino de los cielos; y todo lo que atares en la tierra será atado en los cielos; y todo lo que desatares en la tierra será desatado en los cielos.

 

NARRADOR:

Entonces mandó a sus discípulos que a nadie dijesen que él era el Mesías.

Desde entonces comenzó Jesús a declarar a sus discípulos que le era necesario ir a Jerusalén y padecer mucho de los ancianos, de los principales sacerdotes y de los escribas; y ser muerto, y resucitar al tercer día. Entonces Pedro, tomándolo aparte, comenzó a reconvenirle, diciendo:

 

PEDRO:

Señor, ten compasión de ti; en ninguna manera esto te acontezca.

 

NARRADOR:

Pero él, volviéndose, dijo a Pedro:

 

JESÚS:

¡Quítate de delante de mí, Satanás!; me eres tropiezo, porque no pones la mira en las cosas del Poderoso, sino en las de los hombres.

 

NARRADOR:

Entonces Jesús dijo a sus discípulos:

 

JESÚS:

Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su madero de tormento, y sígame. Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí, la hallará. Porque ¿qué aprovechará al hombre, si ganare todo el mundo, y perdiere su alma? ¿O qué recompensa dará el hombre por su alma? Porque el Hijo del Hombre vendrá con el resplandor de su Padre y con sus mensajeros, y entonces pagará a cada uno conforme a sus obras.

 

NARRADOR:

Entonces vino uno y le dijo:

 

JOVEN JUDIO:

Maestro bueno, ¿qué bien haré para tener la vida eterna?

 

NARRADOR:

Él le dijo:

 

JESÚS:

¿Por qué me llamas bueno? Ninguno hay bueno sino uno: el Poderoso. Mas si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos.

 

NARRADOR:

Le dijo:

 

JOVEN JUDIO:

¿Cuáles?

 

NARRADOR:

Y Jesús dijo:

 

JESÚS:

No cometerás asesinato. No adulterarás. No hurtarás. No dirás falso testimonio. Honra a tu padre y a tu madre; y, Amarás a quien está cercano a ti semejante a ti mismo.

 

NARRADOR:

El joven le dijo:

 

JOVEN JUDIO:

Todo esto lo he guardado desde mi juventud. ¿Qué más me falta?

 

NARRADOR:

Jesús le dijo:

 

JESÚS:

Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven y sígueme.

 

NARRADOR:

Oyendo el joven esta palabra, se fue triste, porque tenía muchas posesiones.

Entonces Jesús dijo a sus discípulos:

 

JESÚS:

De cierto os digo, que difícilmente entrará un rico en el reino de los cielos. Otra vez os digo, que es más fácil pasar un camello por el ojo de una aguja, que entrar un rico en el reino del Poderoso.

 

NARRADOR:

Sus discípulos, oyendo esto, se asombraron en gran manera, diciendo:

 

DISCÍPULOS:

¿Quién, pues, podrá ser salvo?

 

NARRADOR:

Y mirándolos Jesús, les dijo:

 

JESÚS:

Para los hombres esto es imposible; mas para el Poderoso todo es posible.

 

NARRADOR:

Entonces respondiendo Pedro, le dijo:

 

PEDRO:

He aquí, nosotros lo hemos dejado todo, y te hemos seguido; ¿qué, pues, tendremos?

 

NARRADOR:

Y Jesús les dijo:

 

JESÚS:

De cierto os digo que, en la regeneración, cuando el Hijo del Hombre se siente en el trono de su poder, vosotros que me habéis seguido también os sentaréis sobre doce tronos, para juzgar a las doce tribus de Israel. Y cualquiera que haya dejado casas, o hermanos, o hermanas, o padre, o madre, o mujer, o hijos, o tierras, por mi nombre, recibirá cien veces más, y heredará la vida eterna. Pero muchos primeros serán postreros, y postreros, primeros.

 

NARRADOR:

Había un hombre de los fariseos que se llamaba Nicodemo, un principal entre los judíos. Este vino a Jesús de noche, y le dijo:

 

NICODEMO:

Maestro, sabemos que has venido del Poderoso como maestro; porque nadie puede hacer estas señales que tú haces, si no está el Poderoso con él.

 

NARRADOR:

Respondió Jesús y le dijo:

 

JESÚS:

De cierto, de cierto te digo, el que no nazca de lo alto no puede ver el reino del Poderoso.

 

NARRADOR:

Nicodemo le dijo:

 

NICODEMO:

¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo? ¿Puede acaso entrar por segunda vez en el vientre de su madre, y nacer?

 

NARRADOR:

Respondió Jesús:

 

JESÚS:

De cierto, de cierto te digo, el que no nazca del agua y del espíritu no puede entrar en el reino del Poderoso.

Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del espíritu, es un espíritu. No te maravilles de que te dije: Os es necesario nacer de lo alto. El viento sopla de donde quiere, y oyes su sonido; mas ni sabes de dónde viene, ni a dónde va; así es todo aquel que es nacido del espíritu.

 

NARRADOR:

Respondió Nicodemo y le dijo:

 

NICODEMO:

¿Cómo puede hacerse esto?

 

NARRADOR:

Respondió Jesús y le dijo:

 

JESÚS:

¿Eres tú maestro de Israel, y no sabes esto? De cierto, de cierto te digo, que lo que sabemos hablamos, y lo que hemos visto, testificamos; y no recibís nuestro testimonio. Si os he dicho cosas terrenales, y no confiáis, ¿cómo confiaréis si os dijere las celestiales?

Nadie subió al cielo, sino el que descendió del cielo; el Hijo del Hombre.

Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado, para que todo aquel que en él confía, no sea destruido, sino que tenga la vida eterna.

Porque de tal manera amó el Poderoso al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él confía, no sea destruido, sino que tenga la vida eterna.

Porque no envió el Poderoso a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por medio de él.

El que en él confía, no es condenado; pero el que rehúsa confiar, ya ha sido condenado, porque no ha confiado en el nombre del unigénito Hijo del Poderoso.

Y esta es la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que hace lo malo odia la luz, y no se acerca a ella por temor a que sus obras queden al descubierto.

En cambio, el que practica la verdad se acerca a la luz, para que se vea claramente que ha hecho sus obras en unión con el Poderoso.

El que confía en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehúsa confiar en el Hijo no verá la vida, sino que la ira del Poderoso está sobre él.

Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre por medio de su energía y en verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren. El Poderoso es un Espíritu; y los que le adoran, por medio de su energía y en verdad es necesario que adoren.

 

NARRADOR:

Después de estas cosas había una fiesta de los judíos, y subió Jesús a Jerusalén.

Y hay en Jerusalén, cerca de la puerta de las ovejas, un estanque, llamado en hebreo Betesda, el cual tiene cinco pórticos. En éstos yacía una multitud de enfermos, ciegos, cojos y paralíticos.

Y había allí un hombre que hacía treinta y ocho años que estaba enfermo. Cuando Jesús lo vio acostado, y supo que llevaba ya mucho tiempo así, le dijo:

 

JESÚS:

¿Quieres ser sano?

 

PARALÍTICO:

Señor,

 

NARRADOR:

le respondió el enfermo,

 

PARALITICO:

no tengo quien me meta en el estanque cuando se agita el agua; y entre tanto que yo voy, otro desciende antes que yo.

 

NARRADOR:

Jesús le dijo:

 

JESÚS:

Levántate, toma tu lecho, y anda.

 

NARRADOR:

Y al instante aquel hombre fue sanado, y tomó su lecho, y anduvo. Y era día de reposo aquel día. Entonces los judíos dijeron a aquel que había sido sanado:

 

JUDÍOS:

Es día de reposo; no te es lícito llevar tu lecho.

 

NARRADOR:

Él les respondió:

 

PARALITICO SANADO:

El que me sanó, él mismo me dijo: Toma tu lecho y anda.

 

NARRADOR:

Entonces le preguntaron:

 

JUDÍOS:

¿Quién es el que te dijo: Toma tu lecho y anda?

 

NARRADOR:

Y el que había sido sanado no sabía quién fuese, porque Jesús se había apartado de la gente que estaba en aquel lugar.

Después le halló Jesús en el templo, y le dijo:

 

JESÚS:

Mira, has sido sanado; no peques más, para que no te venga alguna cosa peor.

 

NARRADOR:

El hombre se fue, y dio aviso a los judíos, que Jesús era el que le había sanado. Y por esta causa los judíos perseguían a Jesús, y procuraban matarle, porque hacía estas cosas en el día de reposo. Y Jesús les respondió:

 

JESÚS:

Mi Padre hasta ahora trabaja, y yo trabajo.

 

NARRADOR:

Por esto los judíos aún más procuraban matarle, porque no sólo quebrantaba el día de reposo, sino que también decía que el Poderoso era su propio Padre, haciéndose igual a un Poderoso.

Respondió entonces Jesús, y les dijo:

 

JESÚS:

De cierto, de cierto os digo: No puede el Hijo hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre; porque todo lo que el Padre hace, también lo hace el Hijo igualmente.

Porque el Padre ama al Hijo, y le muestra todas las cosas que él hace; y mayores obras que estas le mostrará, de modo que vosotros os maravilléis. Porque como el Padre levanta a los muertos, y les da vida, así también el Hijo a los que quiere da vida.

Porque el Padre a nadie juzga, sino que todo el juicio dio al Hijo, para que todos honren al Hijo como honran al Padre. El que no honra al Hijo, no honra al Padre que le envió.

De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra, y confía en el que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida.

De cierto, de cierto os digo: Viene la hora, y ahora es, cuando los muertos oirán la voz del Hijo del Poderoso; y los que la oyeren vivirán.

Porque como el Padre tiene vida en sí mismo, así también ha dado al Hijo el tener vida en sí mismo; y también le dio autoridad de hacer juicio, por cuanto es el Hijo del Hombre.

No os maravilléis de esto; porque vendrá hora cuando todos los que están en los sepulcros oirán su voz; y los que hicieron lo bueno, saldrán a resurrección de vida; mas los que hicieron lo malo, a resurrección de condenación.

No puedo yo hacer nada por mí mismo; según oigo, así juzgo; y mi juicio es justo, porque no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió, la del Padre.

Si yo doy testimonio acerca de mí mismo, mi testimonio no es verdadero.

Otro es el que da testimonio acerca de mí, y sé que el testimonio que da de mí es verdadero. Vosotros enviasteis mensajeros a Juan, y él dio testimonio de la verdad. Pero yo no recibo testimonio de hombre alguno; mas digo esto, para que vosotros seáis salvos. Él era antorcha que ardía y alumbraba; y vosotros quisisteis regocijaros por un tiempo en su luz. Mas yo tengo mayor testimonio que el de Juan; porque las obras que el Padre me dio para que cumpliese, las mismas obras que yo hago, dan testimonio de mí, que el Padre me ha enviado. También el Padre que me envió ha dado testimonio de mí. Nunca habéis oído su voz, ni habéis visto su aspecto, ni tenéis su palabra morando en vosotros; porque a quien él envió, vosotros no le creéis.

Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí; y no queréis venir a mí para que tengáis vida. Poder de los hombres no recibo. Mas yo os conozco, que no tenéis amor del Poderoso en vosotros. Yo he venido en nombre de mi Padre, y no me recibís; si otro viniere en su propio nombre, a ése recibiréis.¿Cómo podéis vosotros confiar, pues recibís alabanza los unos de los otros, y no buscáis la alabanza que viene del Poderoso único? No penséis que yo voy a acusaros delante del Padre; hay quien os acusa, Moisés, en quien tenéis vuestra esperanza. Porque si creyerais en Moisés, me creeríais a mí, porque de mí escribió él. Pero si no creéis en sus escritos, ¿cómo vais a creer en mis palabras?

 

NARRADOR:

Y hallándole al otro lado del mar, le dijeron:

 

DISCÍPULOS:

maestro, ¿cuándo llegaste acá?

 

NARRADOR:

Respondió Jesús y les dijo:

 

JESÚS:

De cierto, de cierto os digo que me buscáis, no porque habéis visto las señales, sino porque comisteis el pan y os saciasteis.

Trabajad, no por la comida que perece, sino por la comida que a vida eterna permanece, la cual el Hijo del Hombre os dará; porque a éste señaló el Poderoso el Padre.

 

NARRADOR:

Entonces le dijeron:

 

JUDÍOS:

¿Qué debemos hacer para poner en práctica las obras del Poderoso?

 

NARRADOR:

Respondió Jesús y les dijo:

 

JESÚS:

Esta es la obra del Poderoso, que creáis en el que él ha enviado.

 

NARRADOR:

Le dijeron entonces:

 

JUDÍOS:

¿Qué señal, pues, haces tú, para que veamos, y te creamos? ¿Qué obra haces? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como está escrito: Pan del cielo les dio a comer.

 

NARRADOR:

Y Jesús les dijo:

 

JESÚS:

De cierto, de cierto os digo: No os dio Moisés el pan del cielo, mas mi Padre os da el verdadero pan del cielo. Porque el pan del Poderoso es aquel que descendió del cielo y da vida al mundo.

 

NARRADOR:

Le dijeron:

 

JUDÍOS:

Señor, danos siempre este pan.

 

NARRADOR:

Jesús les dijo:

 

JESÚS:

Yo soy el pan de vida; el que a mí viene, nunca tendrá hambre; y el que en mí confía, no tendrá sed jamás.

Mas os he dicho, que, aunque me habéis visto, no confiáis. Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y al que a mí viene, no le echo fuera. Porque he descendido del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió. Y esta es la voluntad del Padre, el que me envió: Que de todo lo que me diere, no pierda yo nada, sino que lo resucite en el día postrero. Y esta es la voluntad del que me ha enviado: Que todo aquel que ve al Hijo, y confía en él, tenga vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero.

 

NARRADOR:

Murmuraban entonces de él los judíos, porque había dicho: Yo soy el pan que descendió del cielo. Y decían:

 

JUDÍOS:

¿No es éste Jesús, el hijo de José, cuyo padre y madre nosotros conocemos? ¿Cómo, pues, dice éste: Del cielo he descendido?

 

NARRADOR:

Jesús respondió y les dijo:

 

JESÚS:

No murmuréis entre vosotros. Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere; y yo le resucitaré en el día postrero. Escrito está en los profetas: Y serán todos enseñados por el Poderoso. Así que, todo aquel que oyó al Padre, y aprendió de él, viene a mí. No que alguno haya visto al Padre, sino aquel que vino del Poderoso; éste ha visto al Padre. De cierto, de cierto os digo: El que confíe en mí, tiene vida eterna. Yo soy el pan de vida.

Vuestros padres comieron el maná en el desierto, y murieron. Este es el pan que desciende del cielo, para que el que de él come, no muera. Yo soy el pan vivo que descendió del cielo; si alguno comiere de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo daré es mi carne, la cual yo daré por la vida del mundo.

 

NARRADOR:

Entonces los judíos contendían entre sí, diciendo:

 

JUDÍOS:

¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?

 

NARRADOR:

Jesús les dijo:

 

JESÚS:

De cierto, de cierto os digo: Si no coméis la carne del Hijo del Hombre, y bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero. Porque mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, en mí permanece, y yo en él. Como me envió el Padre viviente, y yo vivo por el Padre, asimismo el que me come, él también vivirá por mí. Este es el pan que descendió del cielo; no como vuestros padres comieron el maná, y murieron; el que come de este pan, vivirá eternamente.

 

NARRADOR:

Estas cosas dijo en la sinagoga, enseñando en Capernaum.

Al oírlas, muchos de sus discípulos dijeron:

 

DISCÍPULOS FALSOS:

Dura es esta palabra; ¿quién la puede oír?

 

NARRADOR:

Sabiendo Jesús en sí mismo que sus discípulos murmuraban de esto, les dijo:

 

JESÚS:

¿Esto os ofende?¿Pues qué, si viereis al Hijo del Hombre subir adonde estaba primero? La energía del Poderoso es lo que da vida; la carne para nada aprovecha; las palabras que yo os he hablado son energía del Poderoso y son vida. Pero hay algunos de vosotros que no confían.

 

NARRADOR:

Porque Jesús sabía desde el principio quiénes eran los que no creían, y quién le había de entregar. Y dijo:

 

JESÚS:

Por eso os he dicho que ninguno puede venir a mí, si no le fuere dado del Padre.

 

NARRADOR:

Desde entonces muchos de sus discípulos volvieron atrás, y ya no andaban con él.

Dijo entonces Jesús a los doce:

 

JESÚS:

¿Queréis acaso iros también vosotros?

 

NARRADOR:

Le respondió Simón Pedro:

 

PEDRO:

Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna. Y nosotros hemos confiado y conocemos que tú eres el Mesías, el Hijo del Poderoso viviente.

 

NARRADOR:

Jesús les respondió:

 

JESÚS:

¿No os he escogido yo a vosotros los doce, y uno de vosotros es calumniador?

 

NARRADOR:

Hablaba de Judas Iscariote, hijo de Simón; porque éste era el que le iba a entregar, y era uno de los doce.

Después de estas cosas, andaba Jesús en Galilea; pues no quería andar en Judea, porque los judíos procuraban matarle.

Estaba cerca la fiesta de los judíos, la de los tabernáculos; y le dijeron sus hermanos:

 

HERMANOS DE JESÚS:

Sal de aquí, y vete a Judea, para que también tus discípulos vean las obras que haces. Porque ninguno que procura darse a conocer hace algo en secreto. Si estas cosas haces, manifiéstate al mundo.

 

NARRADOR:

Porque ni aún sus hermanos creían en él.

Entonces Jesús les dijo:

 

JESÚS:

Mi tiempo aún no ha llegado, mas vuestro tiempo siempre está presto. No puede el mundo aborreceros a vosotros; mas a mí me aborrece, porque yo testifico de él, que sus obras son malas. Subid vosotros a la fiesta; yo no subo todavía a esa fiesta, porque mi tiempo aún no se ha cumplido.

 

NARRADOR:

Y habiéndoles dicho esto, se quedó en Galilea.

En el último y gran día de la fiesta, Jesús se puso en pie y alzó la voz, diciendo:

 

JESÚS:

Si alguno tiene sed, venga a mí y beba. El que confíe en mí, como dice la Escritura, de

su interior correrán ríos de agua viva.

 

NARRADOR:

Esto dijo de la energía del Poderoso que habían de recibir los que creyesen en él; pues aún no había venido la energía del Poderoso, porque Jesús no había sido aún elevado al rango superior.

Entonces algunos de la multitud, oyendo estas palabras, decían:

 

GENTE:

Verdaderamente éste es el profeta.

 

NARRADOR:

Otros decían:

 

GENTE:

Este es el Mesías.

 

NARRADOR:

Pero algunos decían:

 

GENTE:

¿De Galilea ha de venir el Mesías?¿No dice la Escritura que del linaje de David, y de la aldea de Belén, de donde era David, ha de venir el Mesías?

 

NARRADOR:

Hubo entonces disensión entre la gente a causa de él. Y algunos de ellos querían prenderle; pero ninguno le echó mano.

Los alguaciles vinieron a los principales sacerdotes y a los fariseos; y éstos les dijeron:

 

SACERDOTES Y FARISEOS:

 ¿Por qué no le habéis traído?

 

NARRADOR:

Los alguaciles respondieron:

 

ALGUACILES:

¡Jamás hombre alguno ha hablado como este hombre!

 

NARRADOR:

Entonces los fariseos les respondieron:

 

FARISEOS:

¿También vosotros habéis sido engañados? ¿Acaso ha confiado en él alguno de los gobernantes, o de los fariseos? Mas esta gente que no sabe la ley, maldita es.

 

NARRADOR:

Les dijo Nicodemo, el que vino a él de noche, el cual era uno de ellos:

 

NICODEMO:

¿Juzga acaso nuestra ley a un hombre si primero no le oye, y sabe lo que ha hecho?

 

NARRADOR:

Respondieron y le dijeron:

 

FARISEOS:

¿Eres tú también galileo? Escudriña y ve que de Galilea nunca se ha levantado profeta.

 

 

NARRADOR:

Otra vez Jesús les habló, diciendo:

 

JESÚS:

Yo soy la luz del mundo; el que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida.

 

NARRADOR:

Entonces los fariseos le dijeron:

 

FARISEOS:

Tú das testimonio acerca de ti mismo; tu testimonio no es verdadero.

 

NARRADOR:

Respondió Jesús y les dijo:

 

JESÚS:

Aunque yo doy testimonio acerca de mí mismo, mi testimonio es verdadero, porque sé de dónde he venido y a dónde voy; pero vosotros no sabéis de dónde vengo, ni a dónde voy. Vosotros juzgáis según la carne; yo no juzgo a nadie. Y si yo juzgo, mi juicio es verdadero; porque no soy yo solo, sino yo y el que me envió, el Padre.

Y en vuestra ley está escrito que el testimonio de dos hombres es verdadero. Yo soy el que doy testimonio de mí mismo, y el Padre que me envió da testimonio de mí.

 

NARRADOR:

Ellos le dijeron:

 

FARISEOS:

¿Dónde está tu Padre?

 

NARRADOR:

Respondió Jesús:

 

JESÚS:

Ni a mí me conocéis, ni a mi Padre; si a mí me conocieseis, también a mi Padre conoceríais.

 

NARRADOR:

Estas palabras habló Jesús en el lugar de las ofrendas, enseñando en el templo; y nadie le prendió, porque aún no había llegado su hora.

Otra vez les dijo Jesús:

 

JESÚS:

Yo me voy, y me buscaréis, pero en vuestro pecado moriréis; a donde yo voy, vosotros no podéis venir.

 

NARRADOR:

Decían entonces los judíos:

 

JUDÍOS:

¿Acaso se matará a sí mismo, que dice: A donde yo voy, vosotros no podéis venir?

 

NARRADOR:

Y les dijo:

 

JESÚS:

Vosotros sois de abajo, yo soy de arriba; vosotros sois de este mundo, yo no soy de este mundo. Por eso os dije que moriréis en vuestros pecados; porque si no confiáis que yo soy, en vuestros pecados moriréis.

 

NARRADOR:

Entonces le dijeron:

 

JUDÍOS:

¿Tú quién eres?

 

NARRADOR:

Entonces Jesús les dijo:

 

JESÚS:

Lo que desde el principio os he dicho. Muchas cosas tengo que decir y juzgar de vosotros; pero el que me envió es verdadero; y yo, lo que he oído de él, esto hablo al mundo.

 

NARRADOR:

Pero no entendieron que les hablaba del Padre. Les dijo, pues, Jesús:

 

JESÚS:

Cuando hayáis levantado al Hijo del Hombre, entonces conoceréis que yo soy, y que nada hago por mí mismo, sino que según me enseñó el Padre, así hablo. Porque el que me envió, conmigo está; no me ha dejado solo el Padre, porque yo hago siempre lo que le agrada.

 

NARRADOR:

Hablando él estas cosas, muchos creyeron en él.

Dijo entonces Jesús a los judíos que habían confiado en él:

 

JESÚS:

Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres.

 

NARRADOR:

Le respondieron:

 

JUDÍOS:

Linaje de Abraham somos, y jamás hemos sido esclavos de nadie. ¿Cómo dices tú: Seréis libres?

 

NARRADOR:

Jesús les respondió:

 

JESÚS:

De cierto, de cierto os digo, que todo aquel que hace pecado, esclavo es del pecado. Y el esclavo no queda en la casa para siempre; el hijo sí queda para siempre. Así que, si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres. Sé que sois descendientes de Abraham; pero procuráis matarme, porque mi palabra no halla cabida en vosotros.

Yo hablo lo que he visto cerca del Padre; y vosotros hacéis lo que habéis oído cerca de vuestro padre.

 

NARRADOR:

Respondieron y le dijeron:

 

JUDÍOS:

Nuestro padre es Abraham.

 

NARRADOR:

Jesús les dijo:

 

JESÚS:

Si fueseis hijos de Abraham, las obras de Abraham haríais. Pero ahora procuráis matarme a mí, hombre que os he hablado la verdad, la cual he oído del Poderoso; no hizo esto Abraham. Vosotros hacéis las obras de vuestro padre.

 

NARRADOR:

Entonces le dijeron:

 

JUDÍOS:

Nosotros no somos nacidos de fornicación; un padre tenemos, que es el Poderoso.

 

NARRADOR:

Jesús entonces les dijo:

 

JESÚS:

Si vuestro padre fuese el Poderoso, ciertamente me amaríais; porque yo del Poderoso he salido, y he venido; pues no he venido de mí mismo, sino que él me envió.¿Por qué no entendéis mi lenguaje? Porque no podéis escuchar mi palabra. Vosotros sois de vuestro padre el diablo, y los deseos de vuestro padre queréis hacer. Él ha sido homicida desde el principio, y jamás ha estado en la verdad, porque no hay verdad en él. Cuando habla mentira, de suyo habla; porque es mentiroso, y padre de mentira.

Y a mí, porque digo la verdad, no me creéis. ¿Quién de vosotros me redarguye de pecado? Pues si digo la verdad, ¿por qué vosotros no me creéis?

El que es del Poderoso, las palabras del Poderoso oye; por esto no las oís vosotros, porque no sois del Poderoso.

 

NARRADOR:

Respondieron entonces los judíos, y le dijeron:

 

JUDÍOS:

¿No decimos bien nosotros, que tú eres samaritano, y que tienes demonio?

 

NARRADOR:

Respondió Jesús:

 

JESÚS:

Yo no tengo demonio, antes honro a mi Padre; y vosotros me deshonráis. Pero yo no busco mi alabanza; hay quien la busca, y juzga.

De cierto, de cierto os digo, que el que guarda mi palabra, no verá la muerte eterna.

 

NARRADOR:

Entonces los judíos le dijeron:

 

JUDÍOS:

Ahora conocemos que tienes demonio. Abraham murió, y los profetas; y tú dices: El que guarda mi palabra, no verá la muerte eterna. ¿Eres tú acaso mayor que nuestro padre Abraham, el cual murió? ¡Y los profetas murieron! ¿Quién te haces a ti mismo?

 

NARRADOR:

Respondió Jesús:

 

JESÚS:

Si yo me alabo a mí mismo, mi alabanza nada es; mi Padre es el que me glorifica, el que vosotros decís que es vuestro Poderoso. Pero vosotros no le conocéis; mas yo le conozco, y si dijere que no le conozco, sería mentiroso como vosotros; pero le conozco, y guardo su palabra. Abraham vuestro padre se gozó de que había de ver mi día; y lo vio, y se gozó.

 

NARRADOR:

Entonces le dijeron los judíos:

 

JUDÍOS:

Aún no tienes cincuenta años, ¿y has visto a Abraham?

 

NARRADOR:

Jesús les dijo:

 

JESÚS:

De cierto, de cierto os digo: Antes que Abraham fuese, yo soy.

 

NARRADOR:

Tomaron entonces piedras para arrojárselas; pero Jesús se escondió y salió del templo; y atravesando por en medio de ellos, se fue.

 

 

Al pasar Jesús, vio a un hombre ciego de nacimiento. Y le preguntaron sus discípulos, diciendo:

 

DISCÍPULOS:

maestro, ¿quién pecó, éste o sus padres, para que haya nacido ciego?

 

NARRADOR:

Respondió Jesús:

 

JESÚS:

No es que pecó éste, ni sus padres, sino para que las obras del Poderoso se manifiesten en él. Me es necesario hacer las obras del que me envió, entre tanto que el día dura; la noche viene, cuando nadie puede trabajar. Entre tanto que estoy en el mundo, luz soy del mundo.

 

NARRADOR:

Dicho esto, escupió en tierra, e hizo lodo con la saliva, y untó con el lodo los ojos del ciego, y le dijo:

 

JESÚS:

Ve a lavarte en el estanque de Siloé (que traducido es, Enviado).

 

NARRADOR:

Fue entonces, y se lavó, y regresó viendo.

Entonces los vecinos, y los que antes le habían visto que era ciego, decían:

 

LOS VECINOS:

¿No es éste el que se sentaba y mendigaba?

 

NARRADOR:

Unos decían:

 

LOS VECINOS:

Él es;

 

NARRADOR:

y otros:

 

LOS VECINOS:

A él se parece.

 

NARRADOR:

Él decía:

 

CIEGO CURADO

Yo soy.

 

NARRADOR:

Y le dijeron:

 

LOS VECINOS:

¿Cómo te fueron abiertos los ojos?

 

NARRADOR:

Respondió él y dijo:

 

CIEGO CURADO

Aquel hombre que se llama Jesús hizo lodo, me untó los ojos, y me dijo: Ve al Siloé, y lávate; y fui, y me lavé, y recibí la vista.

 

NARRADOR:

Entonces le dijeron:

 

LOS VECINOS:

¿Dónde está él?

 

NARRADOR:

Él dijo:

 

CIEGO CURADO

No sé.

 

NARRADOR:

Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego.  Y era día de reposo cuando Jesús había hecho el lodo, y le había abierto los ojos. Volvieron, pues, a preguntarle también los fariseos cómo había recibido la vista. Él les dijo:

 

CIEGO CURADO

Me puso lodo sobre los ojos, y me lavé, y veo.

 

NARRADOR:

Entonces algunos de los fariseos decían:

 

FARISEOS:

Ese hombre no procede del Poderoso, porque no guarda el día de reposo.

 

NARRADOR:

Otros decían:

 

FARISEOS:

¿Cómo puede un hombre pecador hacer estas señales?

 

NARRADOR:

Y había disensión entre ellos. Entonces volvieron a decirle al ciego:

 

FARISEOS:

¿Qué dices tú del que te abrió los ojos?

 

NARRADOR:

Y él dijo:

 

CIEGO CURADO:

Que es profeta.

 

NARRADOR:

Pero los judíos no creían que él había sido ciego, y que había recibido la vista, hasta que llamaron a los padres del que había recibido la vista, y les preguntaron, diciendo:

 

FARISEOS:

¿Es éste vuestro hijo, el que vosotros decís que nació ciego? ¿Cómo, pues, ve ahora?

 

NARRADOR:

Sus padres respondieron y les dijeron:

 

PADRES DEL CIEGO:

Sabemos que éste es nuestro hijo, y que nació ciego; pero cómo vea ahora, no lo sabemos; o quién le haya abierto los ojos, nosotros tampoco lo sabemos; edad tiene, preguntadle a él; él hablará por sí mismo.

 

NARRADOR:

Esto dijeron sus padres, porque tenían miedo de los judíos, por cuanto los judíos ya habían acordado que, si alguno confesase que Jesús era el Mesías, fuera expulsado de la sinagoga. Por eso dijeron sus padres: Edad tiene, preguntadle a él.

Entonces volvieron a llamar al hombre que había sido ciego, y le dijeron:

 

FARISEOS:

Da alabanza al Poderoso; nosotros sabemos que ese hombre es pecador.

 

NARRADOR:

Entonces él respondió y dijo:

 

CIEGO SANADO:

Si es pecador, no lo sé; una cosa sé, que habiendo yo sido ciego, ahora veo.

 

NARRADOR:

Le volvieron a decir:

 

FARISEOS:

¿Qué te hizo? ¿Cómo te abrió los ojos?

 

NARRADOR:

Él les respondió:

 

CIEGO SANADO:

Ya os lo he dicho, y no habéis querido oír; ¿por qué lo queréis oír otra vez? ¿Queréis también vosotros haceros sus discípulos?

 

NARRADOR:

Y le injuriaron, y dijeron:

 

FARISEOS:

Tú eres su discípulo; pero nosotros, discípulos de Moisés somos. Nosotros sabemos que el Poderoso ha hablado a Moisés; pero respecto a ése, no sabemos de dónde sea.

 

NARRADOR:

Respondió el hombre, y les dijo:

 

CIEGO SANADO:

Pues esto es lo maravilloso, que vosotros no sepáis de dónde sea, y a mí me abrió los ojos. Y sabemos que el Poderoso no oye a los pecadores; pero si alguno es temeroso del Poderoso, y hace su voluntad, a ése oye. Desde el principio no se ha oído decir que alguno abriese los ojos a uno que nació ciego. Si éste no viniera del Poderoso, nada podría hacer.

 

NARRADOR:

Respondieron y le dijeron:

 

FARISEOS:

Tú naciste del todo en pecado, ¿y nos enseñas a nosotros?

 

NARRADOR:

Y le expulsaron.

 

Oyó Jesús que le habían expulsado; y hallándole, le dijo:

 

JESÚS:

¿Confías tú en el Hijo del Poderoso?

 

NARRADOR:

Respondió él y dijo:

 

CIEGO SANADO:

¿Quién es, Señor, para que confíe en él?

 

NARRADOR:

Le dijo Jesús:

 

JESÚS:

Pues le has visto, y el que habla contigo, él es.

 

NARRADOR:

Y él dijo:

 

CIEGO SANADO:

Creo, Señor;

 

NARRADOR:

y se postró ante él con reverencia.

Dijo Jesús:

 

JESÚS:

Para juicio he venido yo a este mundo; para que los que no ven, vean, y los que ven, sean cegados.

 

NARRADOR:

Entonces algunos de los fariseos que estaban con él, al oír esto, le dijeron:

 

FARISEOS:

¿Acaso nosotros somos también ciegos?

 

NARRADOR:

Jesús les respondió:

 

JESÚS:

Si fuerais ciegos, no tendríais pecado; mas ahora, porque decís: Vemos, vuestro pecado permanece.

 

NARRADOR:

Volvió, pues, Jesús a decirles:

 

JESÚS:

De cierto, de cierto os digo: Yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que antes de mí vinieron, ladrones son y salteadores; pero no los oyeron las ovejas. Yo soy la puerta; el que por mí entrare, será salvo; y entrará, y saldrá, y hallará pastos. El ladrón no viene sino para hurtar y matar y destruir; yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia. Yo soy el buen pastor; el buen pastor su vida da por las ovejas. Mas el asalariado, y que no es el pastor, de quien no son propias las ovejas, ve venir al lobo y deja las ovejas y huye, y el lobo arrebata las ovejas y las dispersa.

Así que el asalariado huye, porque es asalariado, y no le importan las ovejas.

Yo soy el buen pastor; y conozco mis ovejas, y las mías me conocen, así como el Padre me conoce, y yo conozco al Padre; y pongo mi vida por las ovejas. También tengo otras ovejas que no son de este redil; aquéllas también debo traer, y oirán mi voz; y habrá un rebaño, y un pastor. Por eso me ama el Padre, porque yo pongo mi vida, para volverla a tomar. Nadie me la quita, sino que yo de mí mismo la pongo. Tengo poder para ponerla, y tengo poder para volverla a tomar. Este mandamiento recibí de mi Padre.

 

NARRADOR:

Volvió a haber disensión entre los judíos por estas palabras.

Muchos de ellos decían:

 

JUDÍOS:

Demonio tiene, y está fuera de sí; ¿por qué le oís? 

 

NARRADOR:

Decían otros:

 

OTROS JUDÍOS:

Estas palabras no son de endemoniado. ¿Puede acaso el demonio abrir los ojos de los ciegos?

 

NARRADOR:

Se celebraba en Jerusalén la fiesta de la dedicación. Era invierno, y Jesús andaba en el templo por el pórtico de Salomón. Y le rodearon los judíos y le dijeron:

 

JUDÍOS:

¿Hasta cuándo nos turbarás el alma? Si tú eres el Mesías, dínoslo abiertamente.

 

NARRADOR:

Jesús les respondió:

 

JESÚS:

Os lo he dicho, y no confiáis; las obras que yo hago en nombre de mi Padre, ellas dan testimonio de mí; pero vosotros no confiáis, porque no sois de mis ovejas, como os he dicho. Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen, y yo les doy vida eterna; y no morirán para siempre, ni nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre que me las dio, es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre. Yo y el Padre uno somos.

 

NARRADOR:

Entonces los judíos volvieron a tomar piedras para apedrearle. Jesús les respondió:

 

JESÚS:

Muchas buenas obras os he mostrado de mi Padre; ¿por cuál de ellas me apedreáis?

 

NARRADOR:

Le respondieron los judíos, diciendo:

 

JUDÍOS:

Por buena obra no te apedreamos, sino por la blasfemia; porque tú, siendo hombre, te haces Poderoso.

 

NARRADOR:

Jesús les respondió:

 

JESÚS:

¿No está escrito en vuestra ley: Yo dije, poderosos sois? Si llamó poderosos a aquellos a quienes vino la palabra del Poderoso (y la Escritura no puede ser quebrantada),¿al que el Padre santificó y envió al mundo, vosotros decís: Tú blasfemas, porque dije: Hijo del Poderoso soy? Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis. Mas si las hago, aunque no me creáis a mí, confiad a las obras, para que conozcáis y creáis que el Padre está en mí, y yo en el Padre.

 

NARRADOR:

Procuraron otra vez prenderle, pero él se escapó de sus manos. Y se fue de nuevo al otro lado del Jordán, al lugar donde primero había estado bautizando Juan; y se quedó allí. Y muchos venían a él, y decían:

 

GENTE:

Juan, a la verdad, ninguna señal hizo; pero todo lo que Juan dijo de éste, era verdad.

 

NARRADOR:

Y muchos creyeron en él allí.

Estaba entonces enfermo uno llamado Lázaro, de Betania, la aldea de María y de Marta su hermana. (María, cuyo hermano Lázaro estaba enfermo, fue la que ungió al Señor con perfume, y le enjugó los pies con sus cabellos.) Enviaron, pues, las hermanas para decir a Jesús:

 

ENVIADOS DE LAS HERMANAS:

Señor, he aquí el que amas está enfermo.

 

NARRADOR:

Oyéndolo Jesús, dijo:

 

JESÚS:

Esta enfermedad no es para muerte, sino para la alabanza del Poderoso, para que el Hijo del Poderoso sea alabado por medio de esa enfermedad.

 

NARRADOR:

Y amaba Jesús a Marta, a su hermana y a Lázaro.

Cuando oyó, pues, que estaba enfermo, se quedó dos días más en el lugar donde estaba. Luego, después de esto, dijo a los discípulos:

 

JESÚS:

Vamos a Judea otra vez.

 

NARRADOR:

Le dijeron los discípulos:

 

DISCÍPULOS:

maestro, ahora procuraban los judíos apedrearte, ¿y otra vez vas allá?

 

NARRADOR:

Respondió Jesús:

 

JESÚS:

¿No tiene el día doce horas? El que anda de día, no tropieza, porque ve la luz de este mundo; pero el que anda de noche, tropieza, porque no hay luz en él.

 

NARRADOR:

Dicho esto, les dijo después:

 

JESÚS:

Nuestro amigo Lázaro duerme; mas voy para despertarle.

 

NARRADOR:

Dijeron entonces sus discípulos:

 

DISCÍPULOS:

Señor, si duerme, sanará.

 

NARRADOR:

Pero Jesús decía esto de la muerte de Lázaro; y ellos pensaron que hablaba del reposar del sueño. Entonces Jesús les dijo claramente:

 

JESÚS:

Lázaro ha muerto; y me alegro por vosotros, de no haber estado allí, para que creáis; mas vamos a él.

 

NARRADOR:

Dijo entonces Tomás, llamado Dídimo, a sus condiscípulos:

 

TOMÁS:

Vamos también nosotros, para que muramos con él.

 

NARRADOR:

Vino, pues, Jesús, y halló que hacía ya cuatro días que Lázaro estaba en el sepulcro. Betania estaba cerca de Jerusalén, como a quince estadios; y muchos de los judíos habían venido a Marta y a María, para consolarlas por su hermano. Entonces Marta, cuando oyó que Jesús venía, salió a encontrarle; pero María se quedó en casa. Y Marta dijo a Jesús:

 

MARTA:

Señor, si hubieses estado aquí, mi hermano no habría muerto.

Mas también sé ahora que todo lo que pidas al Poderoso, el Poderoso te lo dará.

 

NARRADOR:

Jesús le dijo:

 

JESÚS:

Tu hermano resucitará.

 

NARRADOR:

Marta le dijo:

 

MARTA:

Yo sé que resucitará en la resurrección, en el día postrero.

 

NARRADOR:

Le dijo Jesús:

 

JESÚS:

Yo soy la resurrección y la vida; el que confía en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y confía en mí, no morirá eternamente. ¿Confías en esto?

 

NARRADOR:

Le dijo:

 

MARTA:

Sí, Señor; yo he confiado en que tú eres el Mesías, el Hijo del Poderoso, que has venido al mundo.

 

NARRADOR:

Habiendo dicho esto, fue y llamó a María su hermana, diciéndole en secreto:

 

MARTA:

El Maestro está aquí y te llama.

 

NARRADOR:

Ella, cuando lo oyó, se levantó de prisa y vino a él. Jesús todavía no había entrado en la aldea, sino que estaba en el lugar donde Marta le había encontrado. Entonces los judíos que estaban en casa con ella y la consolaban, cuando vieron que María se había levantado de prisa y había salido, la siguieron, diciendo:

 

GENTE:

Va al sepulcro a llorar allí.

 

NARRADOR:

María, cuando llegó a donde estaba Jesús, al verle, se postró a sus pies, diciéndole:

 

MARIA:

Señor, si hubieses estado aquí, no habría muerto mi hermano.

 

NARRADOR:

Jesús entonces, al verla llorando, y a los judíos que la acompañaban, también llorando, se estremeció en espíritu y se conmovió, y dijo:

 

JESÚS:

¿Dónde le pusisteis?

 

NARRADOR:

Le dijeron:

 

AMIGOS DE LÁZARO:

Señor, ven y ve.

 

 

NARRADOR:

Jesús lloró.

Dijeron entonces los judíos:

 

JUDÍOS:

Mirad cómo le amaba.

 

NARRADOR:

Y algunos de ellos dijeron:

 

JUDÍOS:

¿No podía éste, que abrió los ojos al ciego, haber hecho también que Lázaro no muriera?

 

NARRADOR:

Jesús, profundamente conmovido otra vez, vino al sepulcro. Era una cueva, y tenía una piedra puesta encima. Dijo Jesús:

 

JESÚS:

Quitad la piedra.

 

NARRADOR:

Marta, la hermana del que había muerto, le dijo:

 

MARTA:

Señor, hiede ya, porque es de cuatro días.

 

NARRADOR:

Jesús le dijo:

 

JESÚS:

¿No te he dicho que, si confías, verás el poder del Poderoso?

 

NARRADOR:

Entonces quitaron la piedra de donde había sido puesto el muerto. Y Jesús, alzando los ojos a lo alto, dijo:

 

JESÚS:

Padre, gracias te doy por haberme oído. Yo sabía que siempre me oyes; pero lo dije por causa de la multitud que está alrededor, para que crean que tú me has enviado.

 

NARRADOR:

Y habiendo dicho esto, clamó a gran voz:

 

JESÚS:

¡Lázaro, ven fuera!

 

NARRADOR:

Y el que había muerto salió, atadas las manos y los pies con vendas, y el rostro envuelto en un sudario.

Jesús les dijo:

 

 

JESÚS:

Desatadle, y dejadle ir.

 

 

NARRADOR:

Subiendo Jesús a Jerusalén, tomó a sus doce discípulos aparte en el camino, y les dijo:

 

JESÚS:

He aquí subimos a Jerusalén, y el Hijo del Hombre será entregado a los principales sacerdotes y a los escribas, y le condenarán a muerte; y le entregarán a los que no conocen al Poderoso para que le escarnezcan, le azoten, y le claven en un madero; mas al tercer día resucitará.

 

NARRADOR:

Al salir ellos de Jericó, le seguía una gran multitud. Y dos ciegos que estaban sentados junto al camino, cuando oyeron que Jesús pasaba, clamaron, diciendo:

 

DOS CIEGOS:

¡Señor, Hijo de David, ten misericordia de nosotros!

 

NARRADOR:

Y la gente les reprendió para que callasen; pero ellos clamaban más, diciendo:

 

DOS CIEGOS:

¡Señor, Hijo de David, ten misericordia de nosotros!

 

NARRADOR:

Y deteniéndose Jesús, los llamó, y les dijo:

 

JESÚS:

¿Qué queréis que os haga?

 

NARRADOR:

Ellos le dijeron:

 

DOS CIEGOS:

Señor, que sean abiertos nuestros ojos.

 

NARRADOR:

Entonces Jesús, compadecido, les tocó los ojos, y en seguida recibieron la vista; y le siguieron.

Cuando se acercaron a Jerusalén, y vinieron a Betfagé, al monte de los Olivos, Jesús envió dos discípulos, diciéndoles:

 

JESÚS:

Id a la aldea que está enfrente de vosotros, y luego hallaréis una asna atada, y un pollino con ella; desatadla, y traédmelos. Y si alguien os dijere algo, decid: El Señor los necesita; y luego los enviará. Todo esto aconteció para que se cumpliese lo dicho por el profeta, cuando dijo:

 

ISAÍAS:

Decid a la hija de Sion:

He aquí, tu Rey viene a ti,

Manso, y sentado sobre una asna,

Sobre un pollino, hijo de animal de carga.

 

NARRADOR:

Y los discípulos fueron, e hicieron como Jesús les mandó; y trajeron el asna y el pollino, y pusieron sobre ellos sus mantos; y él se sentó encima. Y la multitud, que era muy numerosa, tendía sus mantos en el camino; y otros cortaban ramas de los árboles, y las tendían en el camino. Y la gente que iba delante y la que iba detrás aclamaba, diciendo:

 

GENTE:

¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas!

 

NARRADOR:

Cuando entró él en Jerusalén, toda la ciudad se conmovió, diciendo:

 

GENTE:

¿Quién es éste?

 

NARRADOR:

Y la gente decía:

 

GENTE:

Este es Jesús el profeta, de Nazaret de Galilea.

 

NARRADOR:

Y entró Jesús en el templo del Poderoso, y echó fuera a todos los que vendían y compraban en el templo, y volcó las mesas de los cambistas, y las sillas de los que vendían palomas; y les dijo:

 

JESÚS:

Escrito está: Mi casa, casa de oración será llamada; mas vosotros la habéis hecho cueva de ladrones.

 

NARRADOR:

Y vinieron a él en el templo ciegos y cojos, y los sanó. Pero los principales sacerdotes y los escribas, viendo las maravillas que hacía, y a los muchachos aclamando en el templo y diciendo: ¡Hosanna al Hijo de David! se indignaron, y le dijeron:

 

SACERDOTES Y ESCRIBAS:

¿Oyes lo que éstos dicen?

 

NARRADOR:

Y Jesús les dijo:

 

JESÚS:

Sí; ¿nunca leísteis:

De la boca de los niños y de los que maman Perfeccionaste la alabanza?

 

 

NARRADOR:

Y dejándolos, salió fuera de la ciudad a Betania, y posó allí.

Aquel día vinieron a él los saduceos, que dicen que no hay resurrección, y le preguntaron, diciendo:

 

SADUCEOS:

Maestro, Moisés dijo: Si alguno muriere sin hijos, su hermano se casará con su mujer, y levantará descendencia a su hermano. Hubo, pues, entre nosotros siete hermanos; el primero se casó, y murió; y no teniendo descendencia, dejó su mujer a su hermano. De la misma manera también el segundo, y el tercero, hasta el séptimo.

Y después de todos murió también la mujer. En la resurrección, pues, ¿de cuál de los siete será ella mujer, ya que todos la tuvieron?

 

NARRADOR:

Entonces respondiendo Jesús, les dijo:

 

JESÚS:

Erráis, ignorando las Escrituras y el poder del Poderoso. Porque en la resurrección ni se casarán ni se darán en casamiento, sino serán como los mensajeros del Poderoso en el cielo. Los hijos de esta era se casan, y se dan en casamiento; mas los que fueren tenidos por dignos de alcanzar aquel siglo y la resurrección de entre los muertos, ni se casan, ni se dan en casamiento. Porque no pueden ya más morir, pues son iguales a los mensajeros, y son hijos del Poderoso, al ser hijos de la resurrección. Pero en cuanto a que los muertos han de resucitar, aún Moisés lo enseñó en el pasaje de la zarza, cuando llama al Señor, el Poderoso de Abraham, el Poderoso de Isaac y el Poderoso de Jacob. Porque el Poderoso no es el Poderoso de muertos, sino de vivos, pues para él todos viven.

 

NARRADOR:

Oyendo esto la gente, se admiraba de su doctrina.

Respondiéndole algunos de los escribas, dijeron:

 

ESCRIBAS:

Maestro, bien has dicho.

 

NARRADOR:

Y no osaron preguntarle nada más.

 

JESÚS:

Mas ¡ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque cerráis el reino de los cielos delante de los hombres; pues ni entráis vosotros, ni dejáis entrar a los que están entrando.

¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque devoráis las casas de las viudas, y como pretexto hacéis largas oraciones; por esto recibiréis mayor condenación. ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque recorréis mar y tierra para hacer un prosélito, y una vez hecho, le hacéis dos veces más hijo del fuego de la destrucción que vosotros.

¡Ay de vosotros, guías ciegos! que decís: Si alguno jura por el templo, no es nada; pero si alguno jura por el oro del templo, es deudor.¡Insensatos y ciegos! porque ¿cuál es mayor, el oro, o el templo que santifica al oro? También decís: Si alguno jura por el altar, no es nada; pero si alguno jura por la ofrenda que está sobre él, es deudor. ¡Ciegos! porque ¿cuál es mayor, la ofrenda, o el altar que santifica la ofrenda? Pues el que jura por el altar, jura por él, y por todo lo que está sobre él; y el que jura por el templo, jura por él, y por el que lo habita; y el que jura por el cielo, jura por el trono del Poderoso, y por aquel que está sentado en él.

¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque diezmáis la menta y el eneldo y el comino, y dejáis lo más importante de la ley: la justicia, la misericordia y la verdadera doctrina. Esto era necesario hacer, sin dejar de hacer aquello.¡Guías ciegos, que coláis el mosquito, y tragáis el camello!¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque limpiáis lo de fuera del vaso y del plato, pero por dentro estáis llenos de robo y de injusticia.¡Fariseo ciego! Limpia primero lo de dentro del vaso y del plato, para que también lo de fuera sea limpio.

¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque sois semejantes a sepulcros blanqueados, que, por fuera, a la verdad, se muestran hermosos, mas por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia. Así también vosotros por fuera, a la verdad, os mostráis justos a los hombres, pero por dentro estáis llenos de hipocresía e iniquidad.

¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque edificáis los sepulcros de los profetas, y adornáis los monumentos de los justos, y decís: Si hubiésemos vivido en los días de nuestros padres, no hubiéramos sido sus cómplices en la sangre de los profetas. Así que dais testimonio contra vosotros mismos, de que sois hijos de aquellos que mataron a los profetas.

¡Vosotros también llenad la medida de vuestros padres! ¡Serpientes, generación de víboras! ¿Cómo escaparéis de la condenación del fuego de la destrucción? Por tanto, he aquí yo os envío profetas y sabios y escribas; y de ellos, a unos mataréis y clavareis en maderos, y a otros azotaréis en vuestras sinagogas, y perseguiréis de ciudad en ciudad; para que venga sobre vosotros toda la sangre justa que se ha derramado sobre la tierra, desde la sangre de Abel el justo hasta la sangre de Zacarías hijo de Berequías, a quien matasteis entre el templo y el altar. 36 De cierto os digo que todo esto vendrá sobre esta generación.

¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas, y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta sus polluelos debajo de las alas, y no quisiste! He aquí vuestra casa os es dejada desierta.

Porque os digo que desde ahora no me veréis, hasta que digáis: Bendito el que viene en el nombre del Señor.

 

NARRADOR:

Cuando Jesús salió del templo y se iba, unos que hablaban de que el templo estaba adornado de hermosas piedras y ofrendas votivas, se acercaron a Jesús para mostrarle los edificios del templo, y le dijo uno de sus discípulos:

 

DISCÍPULO:

Maestro, mira qué piedras, y qué edificios.

 

NARRADOR:

Respondiendo él, les dijo:

 

JESÚS:

¿Veis todos estos grandes edificios? De cierto os digo, días vendrán que no quedará aquí piedra sobre piedra, que no sea derribada.

 

 

NARRADOR:

Y estando él sentado en el monte de los Olivos, frente al templo, los discípulos Pedro, Jacobo, Juan y Andrés se le acercaron y le preguntaron aparte diciendo:

 

APÓSTOLES:

Dinos, ¿cuándo serán estas cosas, y qué señal habrá cuando todas estas cosas hayan de cumplirse? ¿y qué señal habrá de tu venida, y del fin del siglo?

 

NARRADOR:

Respondiendo Jesús, les dijo:

 

JESÚS:

Mirad que nadie os engañe, porque vendrán muchos en mi nombre, diciendo: Yo soy el Cristo, y el tiempo está cerca. Mas no vayáis en pos de ellos, y a muchos engañarán.

Y oiréis de guerras, de sediciones, y rumores de guerras; mirad que no os turbéis, porque es necesario que todo esto acontezca; pero el fin no será inmediatamente.

Porque se levantará nación contra nación, y reino contra reino; y habrá pestes, hambres, alborotos y terremotos en diferentes lugares, y habrá terror y grandes señales del cielo.

Y todo esto será principio de dolores.

Pero antes de todas estas cosas os echarán mano, y os perseguirán, os entregarán a tribulación, y os matarán, y seréis aborrecidos de todas las gentes por causa de mi nombre y os entregarán a las sinagogas y a las cárceles, y seréis llevados ante reyes y ante gobernadores por causa de mi nombre.

Y esto os será ocasión para dar testimonio.

Proponed en vuestros corazones no pensar antes cómo habéis de responder en vuestra defensa;

porque yo os daré palabra y sabiduría, la cual no podrán resistir ni contradecir todos los que se opongan. Lo que os fuere dado en aquella hora, eso hablad; porque no sois vosotros los que habláis, sino el Espíritu Santo.

Muchos tropezarán entonces, y se entregarán unos a otros, y unos a otros se aborrecerán. Seréis entregados aun por vuestros padres, y hermanos, y parientes, y amigos; y matarán a algunos de vosotros; y se levantarán los hijos contra los padres, y los matarán, y el hermano entregará a la muerte al hermano, y el padre al hijo;

y seréis aborrecidos de todos por causa de mi nombre.

Con vuestra paciencia ganaréis vuestras almas.

Y muchos falsos profetas se levantarán, y engañarán a muchos;

y por haberse multiplicado la maldad, el amor de muchos se enfriará.

Mas el que persevere hasta el fin, éste será salvo.

Y será predicado este evangelio del reino en todo el mundo, para testimonio a todas las naciones; y entonces vendrá el fin.

Por tanto, cuando veáis en el lugar santo la abominación desoladora de que habló el profeta Daniel (el que lee, entienda), es decir, cuando viereis a Jerusalén rodeada de ejércitos, sabed entonces que su destrucción ha llegado.

Entonces los que estén en Judea, huyan a los montes, y los que estén en medio de Jerusalén, váyanse; y los que estén en los campos, no entren en ella.

El que esté en la azotea, no descienda para tomar algo de su casa;

y el que esté en el campo, no vuelva atrás para tomar su capa.

Orad, pues, que vuestra huida no sea en invierno ni en día de reposo;

Porque estos son días de retribución, para que se cumplan todas las cosas que están escritas.

Mas ¡ay de las que estén encintas, y de las que críen en aquellos días!, porque habrá gran calamidad en la tierra, e ira sobre este pueblo.

porque habrá entonces gran tribulación, cual no la ha habido desde el principio del mundo hasta ahora, ni la habrá.

Y caerán a filo de espada, y serán llevados cautivos a todas las naciones; y Jerusalén será hollada por los gentiles, hasta que los tiempos de los gentiles se cumplan.

Y si aquellos días no fuesen acortados, nadie sería salvo; mas por causa de los escogidos que él escogió, aquellos días serán acortados.

Entonces, si alguno os dijere: Mirad, aquí está el Cristo, o mirad, allí está, no lo creáis.

Porque se levantarán falsos Cristos, y falsos profetas, y harán grandes señales y prodigios, de tal manera que engañarán, si fuere posible, aun a los escogidos.

Mas vosotros mirad; os lo he dicho todo antes.

Así que, si os dijeren: Mirad, está en el desierto, no salgáis; o mirad, está en los aposentos, no lo creáis.

Porque como el relámpago que sale del oriente y se muestra hasta el occidente, así será también la venida del Hijo del Hombre.

Porque dondequiera que estuviere el cuerpo muerto, allí se juntarán las águilas.

E inmediatamente después de la tribulación de aquellos días, habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas, y en la tierra angustia de las gentes, confundidas a causa del bramido del mar y de las olas; desfalleciendo los hombres por el temor y la expectación de las cosas que sobrevendrán en la tierra; el sol se oscurecerá, y la luna no dará su resplandor, y las estrellas caerán del cielo, y las potencias de los cielos serán conmovidas.

Entonces aparecerá la señal del Hijo del Hombre en el cielo; y entonces lamentarán todas las tribus de la tierra, y verán al Hijo del Hombre viniendo sobre las nubes del cielo, en una nube, con poder y gran gloria.

Y enviará sus ángeles con gran voz de trompeta, y juntarán a sus escogidos, de los cuatro vientos, desde el extremo del cielo y de la tierra hasta el otro. Cuando estas cosas comiencen a suceder, erguíos y levantad vuestra cabeza, porque vuestra redención está cerca.

De la higuera y de todos los árboles aprended la parábola: Cuando ya sus ramas están tiernas, y brotan las hojas, sabéis que el verano está cerca.

Así también vosotros, cuando veáis todas estas cosas, sabed que está cerca el reino de Dios.

De cierto os digo, que no pasará esta generación hasta que todo esto acontezca.

El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán.

Pero del día y la hora nadie sabe, ni aun los ángeles de los cielos, ni el Hijo, sino sólo mi Padre.

Mirad, velad y orad; porque no sabéis cuándo será el tiempo.

para que cuando venga de repente, no os halle durmiendo.

Y lo que a vosotros digo, a todos lo digo: Velad.

Mirad también por vosotros mismos, que vuestros corazones no se carguen de glotonería y embriaguez y de los afanes de esta vida, y venga de repente sobre vosotros aquel día.

Porque como un lazo vendrá sobre todos los que habitan sobre la faz de toda la tierra.

Velad, pues, en todo tiempo orando que seáis tenidos por dignos de escapar de todas estas cosas que vendrán, y de estar en pie delante del Hijo del Hombre.

Mas como en los días de Noé, así será la venida del Hijo del Hombre.

Porque como en los días antes del diluvio estaban comiendo y bebiendo, casándose y dando en casamiento, hasta el día en que Noé entró en el arca,

y no entendieron hasta que vino el diluvio y se los llevó a todos, así será también la venida del Hijo del Hombre.

Entonces estarán dos en el campo; el uno será tomado, y el otro será dejado.

Dos mujeres estarán moliendo en un molino; la una será tomada, y la otra será dejada.

Velad, pues, porque no sabéis a qué hora ha de venir vuestro Señor.

Pero sabed esto, que si el padre de familia supiese a qué hora el ladrón habría de venir, velaría, y no dejaría minar su casa.

Por tanto, también vosotros estad preparados; porque el Hijo del Hombre vendrá a la hora que no pensáis.

¿Quién es, pues, el siervo fiel y prudente, al cual puso su señor sobre su casa para que les dé el alimento a tiempo?

Bienaventurado aquel siervo al cual, cuando su señor venga, le halle haciendo así.

De cierto os digo que sobre todos sus bienes le pondrá.

Pero si aquel siervo malo dijere en su corazón: Mi señor tarda en venir;

y comenzare a golpear a sus consiervos, y aun a comer y a beber con los borrachos,

vendrá el señor de aquel siervo en día que éste no espera, y a la hora que no sabe,

y lo castigará duramente, y pondrá su parte con los hipócritas; allí será el lloro y el crujir de dientes.

Entonces el reino de los cielos será semejante a diez vírgenes que tomando sus lámparas, salieron a recibir al esposo.

Cinco de ellas eran prudentes y cinco insensatas.

Las insensatas, tomando sus lámparas, no tomaron consigo aceite;

mas las prudentes tomaron aceite en sus vasijas, juntamente con sus lámparas.

Y tardándose el esposo, cabecearon todas y se durmieron.

Y a la medianoche se oyó un clamor: ¡Aquí viene el esposo; salid a recibirle!

Entonces todas aquellas vírgenes se levantaron, y arreglaron sus lámparas.

Y las insensatas dijeron a las prudentes: Dadnos de vuestro aceite; porque nuestras lámparas se apagan.

Mas las prudentes respondieron diciendo: Para que no nos falte a nosotras y a vosotras, id más bien a los que venden, y comprad para vosotras mismas.

Pero mientras ellas iban a comprar, vino el esposo; y las que estaban preparadas entraron con él a las bodas; y se cerró la puerta.

Después vinieron también las otras vírgenes, diciendo: ¡Señor, señor, ábrenos!

Mas él, respondiendo, dijo: De cierto os digo, que no os conozco.

Velad, pues, porque no sabéis el día ni la hora en que el Hijo del Hombre ha de venir.

Porque el reino de los cielos es como un hombre que yéndose lejos, llamó a sus siervos y les entregó sus bienes.

A uno dio cinco talentos, y a otro dos, y a otro uno, a cada uno conforme a su capacidad; y luego se fue lejos.

Y el que había recibido cinco talentos fue y negoció con ellos, y ganó otros cinco talentos

Asimismo el que había recibido dos, ganó también otros dos.

Pero el que había recibido uno fue y cavó en la tierra, y escondió el dinero de su señor.

Después de mucho tiempo vino el señor de aquellos siervos, y arregló cuentas con ellos.

Y llegando el que había recibido cinco talentos, trajo otros cinco talentos, diciendo: Señor, cinco talentos me entregaste; aquí tienes, he ganado otros cinco talentos sobre ellos.

Y su señor le dijo: Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor.

Llegando también el que había recibido dos talentos, dijo: Señor, dos talentos me entregaste; aquí tienes, he ganado otros dos talentos sobre ellos.

Su señor le dijo: Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor.

Pero llegando también el que había recibido un talento, dijo: Señor, te conocía que eres hombre duro, que siegas donde no sembraste y recoges donde no esparciste;

por lo cual tuve miedo, y fui y escondí tu talento en la tierra; aquí tienes lo que es tuyo.

Respondiendo su señor, le dijo: Siervo malo y negligente, sabías que siego donde no sembré, y que recojo donde no esparcí.

Por tanto, debías haber dado mi dinero a los banqueros, y al venir yo, hubiera recibido lo que es mío con los intereses.

Quitadle, pues, el talento, y dadlo al que tiene diez talentos.

Porque al que tiene, le será dado, y tendrá más; y al que no tiene, aun lo que tiene le será quitado.

Y al siervo inútil echadle en las tinieblas de afuera; allí será el lloro y el crujir de dientes.

Cuando el Hijo del Hombre venga en su gloria, y todos los santos ángeles con él, entonces se sentará en su trono de gloria,

y serán reunidas delante de él todas las naciones; y apartará los unos de los otros, como aparta el pastor las ovejas de los cabritos.

Y pondrá las ovejas a su derecha, y los cabritos a su izquierda.

Entonces el Rey dirá a los de su derecha: Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo.

Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis;

estuve desnudo, y me cubristeis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a mí.

Entonces los justos le responderán diciendo: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te sustentamos, o sediento, y te dimos de beber?

¿Y cuándo te vimos forastero, y te recogimos, o desnudo, y te cubrimos?

¿O cuándo te vimos enfermo, o en la cárcel, y vinimos a ti?

Y respondiendo el Rey, les dirá: De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis.

Entonces dirá también a los de la izquierda: Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles.

Porque tuve hambre, y no me disteis de comer; tuve sed, y no me disteis de beber;

fui forastero, y no me recogisteis; estuve desnudo, y no me cubristeis; enfermo, y en la cárcel, y no me visitasteis.

Entonces también ellos le responderán diciendo: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, sediento, forastero, desnudo, enfermo, o en la cárcel, y no te servimos?

Entonces les responderá diciendo: De cierto os digo que en cuanto no lo hicisteis a uno de estos más pequeños, tampoco a mí lo hicisteis.

E irán éstos al castigo eterno, y los justos a la vida eterna.

De día enseñaba en el templo y por la noche salía y se quedaba en el monte que se llama de los Olivos.

Y todo el pueblo acudía a él por la mañana para oírlo en el templo.

 

NARRADOR:

Cuando hubo acabado Jesús todas estas palabras, dijo a sus discípulos:

 

JESÚS:

Sabéis que dentro de dos días se celebra la pascua, y el Hijo del Hombre será entregado para ser clavado en el madero de tormento.

 

NARRADOR:

Entonces los principales sacerdotes, los escribas, y los ancianos del pueblo se reunieron en el patio del sumo sacerdote llamado Caifás, y tuvieron consejo para prender con engaño a Jesús, y matarle.

Pero decían:

 

SACERDOTES, ESCRIBAS Y ANCIANOS:

No durante la fiesta, para que no se haga alboroto en el pueblo.

 

NARRADOR:

Había ciertos griegos entre los que habían subido a adorar en la fiesta.

Estos, pues, se acercaron a Felipe, que era de Betsaida de Galilea, y le rogaron, diciendo:

 

GRIEGOS:

Señor, quisiéramos ver a Jesús.

 

NARRADOR:

Felipe fue y se lo dijo a Andrés; entonces Andrés y Felipe se lo dijeron a Jesús.

Jesús les respondió diciendo:

 

JESÚS:

Ha llegado la hora para que el Hijo del Hombre sea exaltado. De cierto, de cierto os digo, que si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto. El que ama su vida, la perderá; y el que aborrece su vida en este mundo, para vida eterna la guardará. Si alguno me sirve, sígame; y donde yo estuviere, allí también estará mi servidor. Si alguno me sirviere, mi Padre le honrará.

Ahora está turbada mi alma; ¿y qué diré? ¿Padre, sálvame de esta hora?

Mas para esto he llegado a esta hora.

Padre, glorifica tu nombre.

 

NARRADOR:

Entonces vino una voz del cielo:

 

VOZ DE DIOS:

Lo he exaltado, y lo exaltaré otra vez.

 

NARRADOR:

Y la multitud que estaba allí, y había oído la voz, decía que había sido un trueno. Otros decían: Un mensajero le ha hablado. Respondió Jesús y dijo:

 

JESÚS:

No ha venido esta voz por causa mía, sino por causa de vosotros.

Ahora este mundo ha tomado una decisión; adelante, el gobernante de este mundo será expulsado fuera. Y yo, si fuere levantado de la tierra, a todos atraeré a mí mismo.

 

NARRADOR:

Y decía esto dando a entender de qué muerte iba a morir. Le respondió la gente:

 

GENTE:

Nosotros hemos oído de la ley, que el Mesías permanece para siempre. ¿Cómo, pues, dices tú que es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado? ¿Quién es este Hijo del Hombre?

 

NARRADOR:

Entonces Jesús les dijo:

 

JESÚS:

Aún por un poco está la luz entre vosotros; andad entre tanto que tenéis luz, para que no os sorprendan las tinieblas; porque el que anda en tinieblas, no sabe a dónde va. Entre tanto que tenéis la luz, confiad en la luz, para que seáis hijos de luz.

 

NARRADOR:

Estas cosas habló Jesús, y se fue y se ocultó de ellos. Pero a pesar de que había hecho tantas señales delante de ellos, no creían en él; para que se cumpliese la palabra del profeta Isaías, que dijo:

 

ISAÍAS:

Señor, ¿quién ha confiado en nuestro anuncio? ¿Y a quién se ha revelado el brazo del Señor?

 

NARRADOR:

Por esto no podían confiar, porque también dijo Isaías:

 

ISAÍAS:

Cegó los ojos de ellos, y endureció su corazón; para que no vean con los ojos, y entiendan con el corazón, y se conviertan, y yo los sane.

 

NARRADOR:

Isaías dijo esto cuando vio su resplandor, y habló de él.

Con todo eso, aún de los gobernantes, muchos creyeron en él; pero a causa de los fariseos no lo confesaban, para no ser expulsados de la sinagoga. Porque amaban más la alabanza de los hombres que la alabanza del Poderoso.

Jesús clamó y dijo:

 

JESÚS:

El que confíe en mí, no confía en mí, sino en el que me envió; y el que me ve, ve al que me envió. Yo, la luz, he venido al mundo, para que todo aquel que confía en mí no permanezca en tinieblas. Al que oye mis palabras, y no las guarda, yo no le juzgo; porque no he venido a juzgar al mundo, sino a salvar al mundo. El que me rechaza, y no recibe mis palabras, tiene quien le juzgue; la palabra que he hablado, ella le juzgará en el día postrero. Porque yo no he hablado por mi propia cuenta; el Padre que me envió, él me dio mandamiento de lo que he de decir, y de lo que he de hablar. Y sé que su mandamiento es vida eterna. Así pues, lo que yo hablo, lo hablo como el Padre me lo ha dicho.

 

NARRADOR:

Antes de la fiesta de la pascua, sabiendo Jesús que su hora había llegado para que pasase de este mundo al Padre, como había amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin. Y cuando cenaban, como el diablo ya había puesto en el corazón de Judas Iscariote, hijo de Simón, que le entregase, sabiendo Jesús que el Padre le había dado todas las cosas en las manos, y que había salido del Poderoso, y al Poderoso iba, se levantó de la cena, y se quitó su manto, y tomando una toalla, se la ciñó. Luego puso agua en un lebrillo, y comenzó a lavar los pies de los discípulos, y a enjugarlos con la toalla con que estaba ceñido. Entonces vino a Simón Pedro; y Pedro le dijo:

 

PEDRO:

Señor, ¿tú me lavas los pies?

 

NARRADOR:

Respondió Jesús y le dijo:

 

JESÚS:

Lo que yo hago, tú no lo comprendes ahora; mas lo entenderás después.

 

NARRADOR:

Pedro le dijo:

 

PEDRO:

No me lavarás los pies jamás.

 

NARRADOR:

Jesús le respondió:

 

JESÚS:

Si no te lavare, no tendrás parte conmigo.

 

NARRADOR:

Le dijo Simón Pedro:

 

PEDRO:

Señor, no sólo mis pies, sino también las manos y la cabeza.

 

NARRADOR:

Jesús le dijo:

 

JESÚS:

El que está lavado, no necesita sino lavarse los pies, pues está todo limpio; y vosotros limpios estáis, aunque no todos.

 

NARRADOR:

Porque sabía quién le iba a entregar; por eso dijo: No estáis limpios todos. Así que, después que les hubo lavado los pies, tomó su manto, volvió a la mesa, y les dijo:

 

JESÚS:

¿Sabéis lo que os he hecho? Vosotros me llamáis Maestro, y Señor; y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Señor y el Maestro, he lavado vuestros pies, vosotros también debéis lavaros los pies los unos a los otros.

Porque ejemplo os he dado, para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis. De cierto, de cierto os digo: El siervo no es mayor que su Señor, ni el enviado es mayor que el que le envió. Si sabéis estas cosas, bienaventurados seréis si las hiciereis. No hablo de todos vosotros; yo sé a quienes he elegido; mas para que se cumpla la Escritura: El que come pan conmigo, levantó contra mí su calcañar. Desde ahora os lo digo antes que suceda, para que cuando suceda, creáis que yo soy. De cierto, de cierto os digo: El que recibe al que yo enviare, me recibe a mí; y el que me recibe a mí, recibe al que me envió.

 

NARRADOR:

Habiendo dicho Jesús esto, se conmovió en espíritu, y declaró y dijo:

 

JESÚS:

De cierto, de cierto os digo, que uno de vosotros me va a entregar.

 

NARRADOR:

Entonces los discípulos se miraban unos a otros, dudando de quién hablaba. Y uno de sus discípulos, al cual Jesús amaba, estaba recostado al lado de Jesús. A éste, pues, hizo señas Simón Pedro, para que preguntase quién era aquel de quien hablaba. Él entonces, recostado cerca del pecho de Jesús, le dijo:

 

JUAN:

Señor, ¿quién es?

 

NARRADOR:

Respondió Jesús:

 

JESÚS:

A quien yo diere el pan mojado, aquél es.

 

NARRADOR:

Y mojando el pan, lo dio a Judas Iscariote hijo de Simón. Y después del bocado, Satanás entró en él. Entonces Jesús le dijo:

 

JESÚS:

Lo que vas a hacer, hazlo más pronto.

 

NARRADOR:

Pero ninguno de los que estaban a la mesa entendió por qué le dijo esto.

Porque algunos pensaban, puesto que Judas tenía la bolsa, que Jesús le decía: Compra lo que necesitamos para la fiesta; o que diese algo a los pobres. Cuando él, pues, hubo tomado el bocado, luego salió; y era ya de noche.

Entonces, cuando hubo salido, dijo Jesús:

 

JESÚS:

en este tiempo es exaltado el Hijo del Hombre, y el Poderoso es exaltado en él. Si el Hijo ha exaltado al Poderoso, el Poderoso también exaltará al Hijo, y lo hará pronto. Hijitos, aún estaré con vosotros un poco. Me buscaréis; pero como dije a los judíos, así os digo ahora a vosotros: A donde yo voy, vosotros no podéis ir. Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros.

 

NARRADOR:

Le dijo Simón Pedro:

 

PEDRO:

Señor, ¿a dónde vas?

 

NARRADOR:

Jesús le respondió:

 

JESÚS:

A donde yo voy, no me puedes seguir ahora; mas me seguirás después.

 

NARRADOR:

Le dijo Pedro:

 

PEDRO:

Señor, ¿por qué no te puedo seguir ahora? Mi vida pondré por ti.

 

NARRADOR:

Jesús le respondió:

 

JESÚS:

¿Tu vida pondrás por mí? De cierto, de cierto te digo: No cantará el gallo, sin que me hayas negado tres veces.

No se turbe vuestro corazón; confiáis en el Poderoso, confiad también en mí.

En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros.

Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis.

Y sabéis a dónde voy, y sabéis el camino.

 

NARRADOR:

Le dijo Tomás:

 

TOMÁS:

Señor, no sabemos a dónde vas; ¿cómo, pues, podemos saber el camino?

 

NARRADOR:

Jesús le dijo:

 

JESÚS:

Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí. Si me conocieseis, también a mi Padre conoceríais; y desde ahora le conocéis, y le habéis visto.

 

NARRADOR:

Felipe le dijo:

 

FELIPE:

Señor, muéstranos el Padre, y nos basta.

 

NARRADOR:

Jesús le dijo:

 

JESÚS:

¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros, y no me has conocido, Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre; ¿cómo, pues, dices tú: Muéstranos el Padre? ¿No confías que yo soy en el Padre, y el Padre en mí? Las palabras que yo os hablo, no las hablo por mi propia cuenta, sino que el Padre que mora en mí, él hace las obras. Confiad que yo soy en el Padre, y el Padre en mí; de otra manera, confiad por las mismas obras.

De cierto, de cierto os digo: El que en mí confía, las obras que yo hago, él las hará también; y aún mayores hará, porque yo voy al Padre. Y todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre, lo haré, para que el Padre sea exaltado en el Hijo. Si algo pidiereis en mi nombre, yo lo haré.

Si me amáis, guardad mis mandamientos. Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre: la energía de verdad, la cual el mundo no puede recibir, porque no la ve, ni la conoce; pero vosotros la conocéis, porque mora con vosotros, y estará en vosotros.

No os dejaré huérfanos; vendré a vosotros. Todavía un poco, y el mundo no me verá más; pero vosotros me veréis; porque yo vivo, vosotros también viviréis. En aquel día vosotros conoceréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí, y yo en vosotros.

El que tiene mis mandamientos, y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ama, será amado por mi Padre, y yo le amaré, y me manifestaré a él.

 

NARRADOR:

Le dijo Judas (no el Iscariote):

 

JUDAS EL BUENO:

Señor, ¿cómo es que te manifestarás a nosotros, y no al mundo?

 

NARRADOR:

Respondió Jesús y le dijo:

 

JESÚS:

El que me ama, mi palabra guardará; y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada con él. El que no me ama, no guarda mis palabras; y la palabra que habéis oído no es mía, sino del Padre que me envió. Os he dicho estas cosas estando con vosotros. Mas el Consolador, la energía del Poderoso, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho.

La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo. Habéis oído que yo os he dicho: Voy, y vengo a vosotros. Si me amarais, os habríais regocijado, porque he dicho que voy al Padre; porque el Padre mayor es que yo.

Y ahora os lo he dicho antes que suceda, para que cuando suceda, creáis. No hablaré ya mucho con vosotros; porque se está acercando el que tiene poder sobre el mundo habitado, pero él no tiene poder sobre mí. El mundo tiene que saber que amo al Padre, y que hago exactamente lo que él me ha ordenado que haga. ¡Levantaos, vámonos de aquí! 

Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el labrador. Todo pámpano que en mí no lleva fruto, lo quitará; y todo aquel que lleva fruto, lo limpiará, para que lleve más fruto.

Ya vosotros estáis limpios por la palabra que os he hablado. Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el pámpano no puede llevar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí.

Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer. El que en mí no permanece, será echado fuera como pámpano, y se secará; y los recogen, y los echan en el fuego, y arden. Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid todo lo que queréis, y os será hecho. En esto es exaltado mi Padre, en que llevéis mucho fruto, y seáis así mis discípulos. Como el Padre me ha amado, así también yo os he amado; permaneced en mi amor.

Si guardareis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; así como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor. Estas cosas os he hablado, para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea cumplido.

Este es mi mandamiento: Que os améis unos a otros, como yo os he amado.

Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos.

Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando. Ya no os llamaré siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su Señor; pero os he llamado amigos, porque todas las cosas que oí de mi Padre, os las he dado a conocer.

No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros, y os he puesto para que vayáis y llevéis fruto, y vuestro fruto permanezca; para que todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre, él os lo dé. Esto os mando: Que os améis unos a otros.

Si el mundo os aborrece, sabed que a mí me ha aborrecido antes que a vosotros. Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero porque no sois del mundo, antes yo os elegí del mundo, por eso el mundo os aborrece. Acordaos de la palabra que yo os he dicho: El siervo no es mayor que su Señor. Si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán; si han guardado mi palabra, también guardarán la vuestra. Mas todo esto os harán por causa de mi nombre, porque no conocen al Poderoso que me ha enviado. Si yo no hubiera venido, ni les hubiera hablado, no tendrían pecado; pero ahora no tienen excusa por su pecado. El que me aborrece a mí, también a mi Padre aborrece. Si yo no hubiese hecho entre ellos obras que ningún otro ha hecho, no tendrían pecado; pero ahora han visto y han aborrecido a mí y a mi Padre. Pero esto es para que se cumpla la palabra que está escrita en su ley: Sin causa me aborrecieron. Pero cuando venga el Consolador, a quien yo os enviaré del Padre, la energía de verdad, la cual procede del Padre, ella dará testimonio acerca de mí. Y vosotros daréis testimonio también, porque habéis estado conmigo desde el principio.

Estas cosas os he hablado, para que no tengáis tropiezo. Os expulsarán de las sinagogas; y aún viene la hora cuando cualquiera que os mate, pensará que rinde servicio al Poderoso. Y harán esto porque no conocen al Poderoso, el Padre, ni a mí. Mas os he dicho estas cosas, para que cuando llegue la hora, os acordéis de que ya os lo había dicho.

Esto no os lo dije al principio, porque yo estaba con vosotros. Pero ahora voy al que me envió; y ninguno de vosotros me pregunta: ¿A dónde vas? Antes, porque os he dicho estas cosas, tristeza ha llenado vuestro corazón. Pero yo os digo la verdad: Os conviene que yo me vaya; porque si no me fuera, el Consolador no vendría a vosotros; mas si me fuere, os lo enviaré. Y cuando él venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio. De pecado, por cuanto no confían en mí; de justicia, por cuanto voy al Padre, y no me veréis más; y de juicio, por cuanto el príncipe de este mundo ha sido ya juzgado.

Aún tengo muchas cosas que deciros, pero ahora no las podéis sobrellevar.

Pero cuando venga la energía de verdad, ella os guiará a toda la verdad; porque no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oyere, y os hará saber las cosas que habrán de venir. Ella me glorificará; porque tomará de lo mío, y os lo hará saber. Todo lo que tiene el Padre es mío; por eso dije que tomará de lo mío, y os lo hará saber.

Todavía un poco, y no me veréis; y de nuevo un poco, y me veréis; porque yo voy al Padre.

 

NARRADOR:

Entonces se dijeron algunos de sus discípulos unos a otros:

 

DISCÍPULOS:

¿Qué es esto que nos dice: Todavía un poco y no me veréis; y de nuevo un poco, y me veréis; y, porque yo voy al Padre?

 

NARRADOR:

Decían, pues:

 

DISCÍPULOS:

¿Qué quiere decir con: Todavía un poco? No entendemos lo que habla.

 

NARRADOR:

Jesús conoció que querían preguntarle, y les dijo:

 

JESÚS:

¿Preguntáis entre vosotros acerca de esto que dije: Todavía un poco y no me veréis, y de nuevo un poco y me veréis?

De cierto, de cierto os digo, que vosotros lloraréis y lamentaréis, y el mundo se alegrará; pero, aunque vosotros estéis tristes, vuestra tristeza se convertirá en gozo. La mujer cuando da a luz, tiene dolor, porque ha llegado su hora; pero después que ha dado a luz un niño, ya no se acuerda de la angustia, por el gozo de que haya nacido un hombre en el mundo. También vosotros ahora tenéis tristeza; pero os volveré a ver, y se gozará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestro gozo. En aquel día no me preguntaréis nada. De cierto, de cierto os digo, que todo cuanto pidiereis al Padre en mi nombre, os lo dará. Hasta ahora nada habéis pedido en mi nombre; pedid, y recibiréis, para que vuestro gozo sea cumplido.

Estas cosas os he hablado en alegorías; la hora viene cuando ya no os hablaré por alegorías, sino que claramente os anunciaré acerca del Padre. En aquel día pediréis en mi nombre; y no os digo que yo rogaré al Padre por vosotros, pues el Padre mismo os ama, porque vosotros me habéis amado, y habéis confiado que yo salí del Poderoso. Salí del Padre, y he venido al mundo; otra vez dejo el mundo, y voy al Padre.

 

NARRADOR:

Le dijeron sus discípulos:

 

DISCÍPULOS:

He aquí ahora hablas claramente, y ninguna alegoría dices. Ahora entendemos que sabes todas las cosas, y no necesitas que nadie te pregunte; por esto confiamos que has salido del Poderoso.

 

NARRADOR:

Jesús les respondió:

 

JESÚS:

¿Ahora confiáis? He aquí la hora viene, y ha venido ya, en que seréis esparcidos cada uno por su lado, y me dejaréis solo; mas no estoy solo, porque el Padre está conmigo. Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis tribulación; pero confiad, yo he vencido al mundo.

 

 

NARRADOR:

Estas cosas habló Jesús, y levantando los ojos al cielo, dijo:

 

JESÚS:

Padre, la hora ha llegado; glorifica a tu Hijo, para que también tu Hijo te glorifique a ti; como le has dado potestad sobre toda carne, para que dé vida eterna a todos los que le diste. Y en esto consiste la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Poderoso verdadero, y a Jesús el Mesías, a quien has enviado. 

Yo te he exaltado en la tierra; he acabado la obra que me diste que hiciese. Ahora pues, Padre, dame esa exaltación al lado tuyo que tenía contigo antes que el mundo fuera creado. He manifestado tu nombre a los hombres que del mundo me diste; tuyos eran, y me los diste, y han guardado tu palabra. Ahora han conocido que todas las cosas que me has dado, proceden de ti; 8 porque las palabras que me diste, les he dado; y ellos las recibieron, y han conocido verdaderamente que salí de ti, y han confiado que tú me enviaste. Yo ruego por ellos; no ruego por el mundo, sino por los que me diste; porque tuyos son, y todo lo mío es tuyo, y lo tuyo mío; y he sido exaltado en ellos. Y ya no voy a estar en el mundo; mas éstos quedan en el mundo mientras que yo voy a ti. Padre perfecto, a los que me has dado, guárdalos en tu nombre, para que sean uno, así como nosotros. Cuando estaba con ellos en el mundo, yo los guardaba en tu nombre; a los que me diste, yo los guardé, y ninguno de ellos se perdió, sino el hijo de perdición, para que la Escritura se cumpliese. Pero ahora voy a ti; y hablo esto en el mundo, para que tengan mi alegría plena en sí mismos. Yo les he dado tu palabra; y el mundo los aborreció, porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. No ruego que los saques del mundo, sino que los guardes del mal. No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. 17 Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad. Como tú me enviaste al mundo, así yo los he enviado al mundo. Y en favor de ellos me santifico, para que también ellos sean apartados para el Poderoso verdaderamente.

Mas no ruego solamente por éstos, sino también por los que han de confiar en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo confíe que tú me enviaste. Y yo les he dado la exaltación que me diste, para que sean uno, así como nosotros somos uno. Yo en ellos, y tú en mí, para que sean perfectos en unidad, para que el mundo se dé cuenta que tú me enviaste, y que los has amado a ellos como también a mí me has amado. Padre, aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy, también ellos estén conmigo, para que vean el resplandor que me has dado; porque me has amado desde antes de la fundación del mundo. Padre justo, el mundo no te ha conocido, pero yo te he conocido, y éstos han conocido que tú me enviaste. Y les he dado a conocer tu nombre, y lo daré a conocer aún, para que el amor que me tienes esté en ellos y yo también en ellos.

 

NARRADOR:

Entonces llegó Jesús con ellos a un lugar que se llama Getsemaní, y dijo a sus discípulos:

 

JESÚS:

Sentaos aquí, entre tanto que voy allí y oro.

 

NARRADOR:

Y tomando a Pedro, y a los dos hijos de Zebedeo, comenzó a entristecerse y a angustiarse en gran manera. Entonces Jesús les dijo:

 

JESÚS:

Mi alma está muy triste, hasta la muerte; quedaos aquí, y velad conmigo.

 

NARRADOR:

Yendo un poco adelante, se postró sobre su rostro, orando y diciendo:

 

JESÚS:

Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú.

 

NARRADOR:

Y se le apareció un mensajero del cielo para fortalecerle. Y estando en agonía, oraba más intensamente; y era su sudor como grandes gotas de sangre que caían hasta la tierra.

Vino luego a sus discípulos, y los halló durmiendo, y dijo a Pedro:

 

JESÚS:

¿Así que no habéis podido velar conmigo una hora? Velad y orad, para que no entréis en tentación; la energía a la verdad está dispuesta, pero la carne es débil.

 

NARRADOR:

Otra vez fue, y oró por segunda vez, diciendo:

 

JESÚS:

Padre mío, si no puede pasar de mí esta copa sin que yo la beba, hágase tu voluntad.

 

NARRADOR:

Vino otra vez y los halló durmiendo, porque los ojos de ellos estaban cargados de sueño. Y dejándolos, se fue de nuevo, y oró por tercera vez, diciendo las mismas palabras. Entonces vino a sus discípulos y les dijo:

 

JESÚS:

Dormid ya, y descansad. He aquí ha llegado la hora, y el Hijo del Hombre es entregado en manos de pecadores. Levantaos, vamos; ved, se acerca el que me entrega.

 

NARRADOR:

Habiendo dicho Jesús estas cosas, salió con sus discípulos al otro lado del torrente de Cedrón, donde había un huerto, en el cual entró con sus discípulos. Y también Judas, el que le entregaba, conocía aquel lugar, porque muchas veces Jesús se había reunido allí con sus discípulos. Judas, pues, tomando una compañía de soldados, y alguaciles de los principales sacerdotes y de los fariseos, fue allí con linternas y antorchas, y con armas. Pero Jesús, sabiendo todas las cosas que le habían de sobrevenir, se adelantó y les dijo:

 

JESÚS:

¿A quién buscáis?

 

NARRADOR:

Le respondieron:

 

ALGUACILES:

A Jesús nazareno.

 

NARRADOR:

Jesús les dijo:

 

JESÚS:

Yo soy.

 

NARRADOR:

Y estaba también con ellos Judas, el que le entregaba. Cuando les dijo: Yo soy, retrocedieron, y cayeron a tierra. Volvió, pues, a preguntarles:

 

JESÚS:

¿A quién buscáis?

 

NARRADOR:

Y ellos dijeron:

 

ALGUACILES:

A Jesús nazareno.

 

NARRADOR:

Respondió Jesús:

 

JESÚS:

Os he dicho que yo soy; pues si me buscáis a mí, dejad ir a éstos;

 

NARRADOR:

Mientras todavía hablaba, vino Judas, uno de los doce, y con él mucha gente con espadas y palos, de parte de los principales sacerdotes y de los ancianos del pueblo. Y el que le entregaba les había dado señal, diciendo:

 

JUDAS ISCARIOTE:

Al que yo besare, ése es; prendedle.

 

NARRADOR:

Y en seguida se acercó a Jesús y dijo:

 

JUDAS ISCARIOTE:

¡Salve, Maestro!

 

 

NARRADOR:

Y le besó.

Y Jesús le dijo:

 

JESÚS:

Amigo, ¿a qué vienes?

 

NARRADOR:

Viendo los que estaban con él lo que había de acontecer, le dijeron:

 

DISCÍPULOS:

Señor, ¿heriremos a espada?

 

NARRADOR:

Pero uno de los que estaban con Jesús, Pedro, extendiendo la mano, sacó su espada, e hiriendo a un siervo del sumo sacerdote, le quitó la oreja derecha. Y el siervo se llamaba Malco. 

Entonces respondiendo Jesús, dijo:

 

JESÚS:

Basta ya; dejad.

 

NARRADOR:

Jesús entonces dijo a Pedro:

 

JESÚS:

Vuelve tu espada a su lugar; porque todos los que tomen espada, a espada perecerán. ¿Acaso piensas que no puedo ahora orar a mi Padre, y que él no me daría más de doce legiones de mensajeros?¿Pero cómo entonces se cumplirían las Escrituras, de que es necesario que así se haga?

 

NARRADOR:

Y tocando su oreja, le sanó.

Entonces se acercaron y echaron mano a Jesús, y le prendieron.

 

NARRADOR:

En aquella hora dijo Jesús a la gente:

 

JESÚS:

¿Como contra un ladrón habéis salido con espadas y con palos para prenderme? Cada día me sentaba con vosotros enseñando en el templo, y no me prendisteis. Mas todo esto sucede, para que se cumplan las Escrituras de los profetas. Mas esta es vuestra hora, y la potestad de las tinieblas.

 

NARRADOR:

Entonces todos los discípulos, dejándole, huyeron.

Entonces la compañía de soldados, el tribuno y los alguaciles de los judíos, prendieron a Jesús y le ataron, y le llevaron primeramente a Anás; porque era suegro de Caifás, que era sumo sacerdote aquel año. Era Caifás el que había dado el consejo a los judíos, de que convenía que un hombre muriese por el pueblo.

Los que prendieron a Jesús le llevaron al sumo sacerdote Caifás, adonde estaban reunidos los escribas y los ancianos. Mas Pedro le seguía de lejos hasta el patio del sumo sacerdote; y entrando, se sentó con los alguaciles, para ver el fin. Y los principales sacerdotes y los ancianos y todo el concilio, buscaban falso testimonio contra Jesús, para entregarle a la muerte, y no lo hallaron, aunque muchos testigos falsos se presentaban. Pero al fin vinieron dos testigos falsos, que dijeron:

 

DOS TESTIGOS FALSOS:

Este dijo: Puedo derribar el templo del Poderoso, y en tres días reedificarlo.

 

NARRADOR:

Y levantándose el sumo sacerdote, le dijo:

 

SUMO SACERDOTE:

¿No respondes nada? ¿Qué testifican éstos contra ti?

 

NARRADOR:

Mas Jesús callaba. Entonces el sumo sacerdote le dijo:

 

SUMO SACERDOTE:

Te conjuro por el Poderoso viviente, que nos digas si eres tú el Mesías, el Hijo del Poderoso.

 

NARRADOR:

Jesús le dijo:

 

JESÚS:

Tú lo has dicho; y además os digo, que desde ahora veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del poder, y viniendo en las nubes del cielo.

 

NARRADOR:

Entonces el sumo sacerdote rasgó sus vestiduras, diciendo:

 

SUMO SACERDOTE:

¡Ha blasfemado! ¿Qué más necesidad tenemos de testigos? He aquí, ahora mismo habéis oído su blasfemia. ¿Qué os parece?

 

NARRADOR:

Y respondiendo ellos, dijeron:

 

SACERDOTES Y ESCRIBAS:

¡Es reo de muerte!

 

NARRADOR:

Entonces le escupieron en el rostro, y le dieron de puñetazos, y otros le abofeteaban, diciendo:

 

SACERDOTES Y ESCRIBAS:

Profetízanos, Mesías, quién es el que te golpeó.

 

NARRADOR:

Y seguían a Jesús Simón Pedro y otro discípulo. Y este discípulo era conocido del sumo sacerdote, y entró con Jesús al patio del sumo sacerdote; mas Pedro estaba fuera, a la puerta. Salió, pues, el discípulo que era conocido del sumo sacerdote, y habló a la portera, e hizo entrar a Pedro.

Entonces la criada portera dijo a Pedro:

 

CRIADA PORTERA

¿No eres tú también de los discípulos de este hombre?

 

NARRADOR:

Mas él negó delante de todos, diciendo:

 

PEDRO:

No sé lo que dices.

 

NARRADOR:

Saliendo él a la puerta, le vio otra, y dijo a los que estaban allí:

 

OTRA CRIADA:

También éste estaba con Jesús el nazareno.

 

NARRADOR:

Pero él negó otra vez con juramento:

 

PEDRO:

No conozco al hombre.

 

NARRADOR:

Un poco después, acercándose los que por allí estaban, uno de los siervos del sumo sacerdote, pariente de aquel a quien Pedro había cortado la oreja, le dijo:

 

SIERVO DEL SUMO SACERDOTE:

¿No te vi yo en el huerto con él? Verdaderamente también tú eres de ellos, porque aún tu manera de hablar te descubre.

 

NARRADOR:

Entonces él comenzó a maldecir, y a jurar:

 

PEDRO:

No conozco al hombre.

 

NARRADOR:

Y en seguida cantó el gallo. Entonces Pedro se acordó de las palabras de Jesús, que le había dicho: Antes que cante el gallo, me negarás tres veces. Y saliendo fuera, lloró amargamente.

 

NARRADOR:

Y estaban en pie los siervos y los alguaciles que habían encendido un fuego; porque hacía frío, y se calentaban; y también con ellos estaba Pedro en pie, calentándose.

Y el sumo sacerdote preguntó a Jesús acerca de sus discípulos y de su doctrina. Jesús le respondió:

 

JESÚS:

Yo públicamente he hablado al mundo; siempre he enseñado en la sinagoga y en el templo, donde se reúnen todos los judíos, y nada he hablado en oculto. ¿Por qué me preguntas a mí? Pregunta a los que han oído, qué les haya yo hablado; he aquí, ellos saben lo que yo he dicho.

 

NARRADOR:

Cuando Jesús hubo dicho esto, uno de los alguaciles, que estaba allí, le dio un golpe en la mejilla con un bastón corto, diciendo:

 

ALGUACIL:

¿Así respondes al sumo sacerdote?

 

NARRADOR:

Jesús le respondió:

 

JESÚS:

Si he hablado mal, testifica en qué está el mal; y si bien, ¿por qué me golpeas?

 

NARRADOR:

Llevaron a Jesús de casa de Caifás al pretorio. Era de mañana, y ellos no entraron en el pretorio para no contaminarse, y así poder comer la pascua.

Entonces salió Pilato a ellos, y les dijo:

 

PILATO:

¿Qué acusación traéis contra este hombre?

 

NARRADOR:

Respondieron y le dijeron:

 

SACERDOTES:

Si éste no fuera malhechor, no te lo habríamos entregado. Y comenzaron a acusarle, diciendo: A éste hemos hallado que pervierte a la nación, y que prohíbe dar tributo a César, diciendo que él mismo es el Mesías, un rey.

 

NARRADOR:

Entonces les dijo Pilato:

 

PILATO:

¿No oyes cuántas cosas testifican contra ti?

 

NARRADOR:

Pero Jesús no le respondió ni una palabra; de tal manera que el gobernador se maravillaba mucho.

Jesús, pues, estaba en pie delante del gobernador; y éste le preguntó, diciendo:

 

PILATO:

¿Eres tú el Rey de los judíos?

 

NARRADOR:

Y Jesús le dijo:

 

JESÚS:

Tú lo dices.

 

NARRADOR:

Y siendo acusado por los principales sacerdotes y por los ancianos, nada respondió.

 

PILATO:

Tomadle vosotros, y juzgadle según vuestra ley.

 

NARRADOR:

Y los judíos le dijeron:

 

JUDÍOS:

A nosotros no nos está permitido dar muerte a nadie;

 

NARRADOR:

para que se cumpliese la palabra que Jesús había dicho, cuando indicó de qué muerte iba a morir.

Entonces Pilato volvió a entrar en el pretorio, y llamó a Jesús y le dijo:

 

PILATO:

¿Eres tú el Rey de los judíos?

 

NARRADOR:

Jesús le respondió:

 

JESÚS:

¿Dices tú esto por ti mismo, o te lo han dicho otros de mí?

 

 

NARRADOR:

Pilato le respondió:

 

JUDÍO:

¿Soy yo acaso judío? Tu nación, y los principales sacerdotes, te han entregado a mí. ¿Qué has hecho?

 

NARRADOR:

Respondió Jesús:

 

JESÚS:

Mi realeza no procede de este orden mundial, si mi realeza procediera de este orden mundial, mis servidores habrían luchado para que yo no fuera entregado a los judíos; pero mi realeza no procede de aquí.

 

NARRADOR:

Le dijo entonces Pilato:

 

PILATO:

¿Luego, eres tú rey?

 

NARRADOR:

Respondió Jesús:

 

JESÚS:

Tú dices que yo soy rey. Yo para esto he nacido, y para esto he venido al mundo, para hablar de la verdad. Todo aquel que es de la verdad, oye mi voz.

 

NARRADOR:

Le dijo Pilato:

 

PILATO:

¿Qué significa “verdad”?

 

NARRADOR:

Y cuando hubo dicho esto, salió otra vez a los judíos, y les dijo:

 

PILATO:

Yo no hallo en él ningún delito.

 

NARRADOR:

Pero ellos porfiaban, diciendo:

 

JUDÍOS:

Alborota al pueblo, enseñando por toda Judea, comenzando desde Galilea hasta aquí.

 

NARRADOR:

Entonces Pilato, oyendo decir, Galilea, preguntó si el hombre era galileo. Y al saber que era de la jurisdicción de Herodes, le remitió a Herodes, que en aquellos días también estaba en Jerusalén. Herodes, viendo a Jesús, se alegró mucho, porque hacía tiempo que deseaba verle; porque había oído muchas cosas acerca de él, y esperaba verle hacer alguna señal. Y le hacía muchas preguntas, pero él nada le respondió. Y estaban los principales sacerdotes y los escribas acusándole con gran vehemencia. Entonces Herodes con sus soldados le menospreció y escarneció, vistiéndole de una ropa espléndida; y volvió a enviarle a Pilato. Y se hicieron amigos Pilato y Herodes aquel día; porque antes estaban enemistados entre sí.

Entonces Pilato, convocando a los principales sacerdotes, a los gobernantes, y al pueblo, les dijo:

 

PILATO:

Me habéis presentado a éste como un hombre que perturba al pueblo; pero habiéndole interrogado yo delante de vosotros, no he hallado en este hombre delito alguno de aquellos de que le acusáis. Y ni aún Herodes, porque os remití a él; y he aquí, nada digno de muerte ha hecho este hombre. Le soltaré, pues, después de castigarle.

 

NARRADOR:

En el día de la fiesta acostumbraba el gobernador soltar al pueblo un preso, el que quisiesen. Y tenían entonces un preso famoso llamado Barrabás. Este había sido echado en la cárcel por sedición en la ciudad, y por un homicidio.

Reunidos, pues, ellos, les dijo Pilato:

 

PILATO:

¿A quién queréis que os suelte: a Barrabás, o a Jesús, llamado el Mesías?

 

NARRADOR:

Pero los principales sacerdotes y los ancianos persuadieron a la multitud que pidiese a Barrabás, y que Jesús fuese muerto.

 

NARRADOR:

Y ellos dijeron:

 

JUDÍOS:

A Barrabás.

 

NARRADOR:

Pilato les dijo:

 

PILATO:

¿Qué, pues, haré de Jesús, llamado el Mesías?

 

NARRADOR:

Todos le dijeron:

 

JUDÍOS:

¡Sea clavado en el madero de tormento!

 

NARRADOR:

Y el gobernador les dijo:

 

 

PILATO:

Pues ¿qué mal ha hecho?

 

NARRADOR:

Pero ellos gritaban aún más, diciendo:

 

JUDÍOS:

¡Sea clavado en el madero de tormento!

 

NARRADOR:

Él les dijo por tercera vez:

 

PILATO:

¿Pues qué mal ha hecho éste? Ningún delito digno de muerte he hallado en él; le castigaré, pues, y le soltaré.

 

NARRADOR:

Mas ellos instaban a grandes voces, pidiendo que fuese clavado en el madero de tormento. Y las voces de ellos y de los principales sacerdotes prevalecieron. Entonces Pilato sentenció que se hiciese lo que ellos pedían; y les soltó a aquel que había sido echado en la cárcel por sedición y homicidio, a quien habían pedido; y entregó a Jesús a la voluntad de ellos.

 

NARRADOR:

Viendo Pilato que nada adelantaba, sino que se hacía más alboroto, tomó agua y se lavó las manos delante del pueblo, diciendo:

 

PILATO:

Inocente soy yo de la sangre de este justo; allá vosotros.

 

NARRADOR:

Y respondiendo todo el pueblo, dijo:

 

EL PUEBLO:

Su sangre sea sobre nosotros, y sobre nuestros hijos.

 

NARRADOR:

Entonces les soltó a Barrabás; y habiendo azotado a Jesús, le entregó para ser clavado en el madero de tormento.

Así que, entonces tomó Pilato a Jesús, y le azotó. Y los soldados entretejieron un casco de espinas, a modo de corona, y la pusieron sobre su cabeza, y le vistieron con un manto de púrpura; y le decían:

 

SOLDADOS:

¡Salve, Rey de los judíos! y le daban de bofetadas.

 

NARRADOR:

Entonces Pilato salió otra vez, y les dijo:

 

PILATO:

Mirad, os lo traigo fuera, para que entendáis que ningún delito hallo en él.

 

NARRADOR:

Y salió Jesús, llevando el casco de espinas y el manto de púrpura. Y Pilato les dijo:

 

PILATO:

¡He aquí el hombre!

 

NARRADOR:

Cuando le vieron los principales sacerdotes y los alguaciles, dieron voces, diciendo:

 

SACERDOTES:

¡Clávale en un madero! ¡Clávale en un madero!

 

NARRADOR:

Pilato les dijo:

 

PILATO:

Tomadle vosotros, y clavadle en un madero; porque yo no hallo delito en él.

 

NARRADOR:

Los judíos le respondieron:

 

JUDÍOS:

Nosotros tenemos una ley, y según nuestra ley debe morir, porque se hizo a sí mismo Hijo del Poderoso.

 

NARRADOR:

Cuando Pilato oyó decir esto, tuvo más miedo. Y entró otra vez en el pretorio, y dijo a Jesús:

 

PILATO:

¿De dónde eres tú?

 

NARRADOR:

Mas Jesús no le dio respuesta.

Entonces le dijo Pilato:

 

PILATO:

¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo poder para clavarte en un madero, y que tengo poder para soltarte?

 

NARRADOR:

Respondió Jesús:

 

JESÚS:

Ningún poder tendrías sobre mí, si no te fuese dado de arriba; por tanto, el que a ti me ha entregado, mayor pecado tiene.

 

NARRADOR:

Desde entonces procuraba Pilato soltarle; pero los judíos daban voces, diciendo:

 

JUDÍOS:

Si a éste sueltas, no eres amigo de César; todo el que se hace rey, a César se opone.

 

NARRADOR:

Entonces Pilato, oyendo esto, llevó fuera a Jesús, y se sentó en el tribunal en el lugar llamado el Enlosado, y en hebreo Gabata.

Era la preparación de la pascua, y como la hora sexta. Entonces dijo a los judíos:

 

PILATO:

¡He aquí vuestro Rey!

 

NARRADOR:

Pero ellos gritaron:

 

JUDÍOS:

¡Fuera, fuera, clávale en un madero!

 

NARRADOR:

Pilato les dijo:

 

PILATO:

¿A vuestro Rey he de clavar en un madero?

 

NARRADOR:

Respondieron los principales sacerdotes:

 

SACERDOTES:

No tenemos más rey que César.

 

NARRADOR:

Así que entonces lo entregó a ellos para que fuese clavado en el madero de tormento. Tomaron, pues, a Jesús, y le llevaron.

Y escupiéndole, tomaban la caña y le golpeaban en la cabeza. Después de haberle escarnecido, le quitaron el manto, le pusieron sus vestidos, y le llevaron para clavarle en el madero.

Entonces Judas, el que le había entregado, viendo que era condenado, devolvió arrepentido las treinta piezas de plata a los principales sacerdotes y a los ancianos, diciendo:

 

JUDAS ISCARIOTE:

Yo he pecado entregando sangre inocente.

 

NARRADOR:

Mas ellos dijeron:

 

SACERDOTES:

¿Qué nos importa a nosotros? ¡Allá tú!

 

NARRADOR:

Y arrojando las piezas de plata en el templo, salió, y fue y se ahorcó.

Los principales sacerdotes, tomando las piezas de plata, dijeron:

 

SACERDOTES:

No es lícito echarlas en el tesoro de las ofrendas, porque es precio de sangre.

 

NARRADOR:

Y después de consultar, compraron con ellas el campo del alfarero, para sepultura de los extranjeros. Por lo cual aquel campo se llama hasta el día de hoy: Campo de sangre. Así se cumplió lo dicho por el profeta Jeremías, cuando dijo:

 

JEREMÍAS:

Y tomaron las treinta piezas de plata, precio del apreciado, según precio puesto por los hijos de Israel; y las dieron para el campo del alfarero, como me ordenó el Señor.

 

NARRADOR:

Cuando salían, hallaron a un hombre de Cirene que se llamaba Simón; a éste obligaron a que llevase el madero de tormento. Y cuando llegaron a un lugar llamado Gólgota, que significa: Lugar de la Calavera, le dieron a beber vinagre mezclado con hiel; pero después de haberlo probado, no quiso beberlo. Cuando le hubieron clavado en el madero de tormento, repartieron entre sí sus vestidos, echando suertes, para que se cumpliese lo dicho por el profeta: Partieron entre sí mis vestidos, y sobre mi ropa echaron suertes. Y sentados le guardaban allí.

Escribió también Pilato un título, que puso sobre el madero de tormento, el cual decía: ESTE ES JESÚS NAZARENO, REY DE LOS JUDÍOS.

Y muchos de los judíos leyeron este título; porque el lugar donde Jesús fue clavado en el madero de tormento estaba cerca de la ciudad, y el título estaba escrito en hebreo, en griego y en latín.

Dijeron a Pilato los principales sacerdotes de los judíos:

 

SACERDOTES:

No escribas: Rey de los judíos; sino, que él dijo: Soy Rey de los judíos.

 

NARRADOR:

Respondió Pilato:

 

PILATO:

Lo que he escrito, he escrito.

 

 

NARRADOR:

Entonces clavaron en maderos con él a dos ladrones, uno a la derecha, y otro a la izquierda.

Cuando los soldados hubieron clavado en el madero de tormento a Jesús, tomaron sus vestidos, e hicieron cuatro partes, una para cada soldado. Tomaron también su túnica, la cual era sin costura, de un solo tejido de arriba abajo.

Entonces dijeron entre sí:

 

SOLDADOS:

No la partamos, sino echemos suertes sobre ella, a ver de quién será.

 

NARRADOR:

Esto fue para que se cumpliese la Escritura, que dice:

Repartieron entre sí mis vestidos, Y sobre mi ropa echaron suertes.

Y así lo hicieron los soldados.

Estaban junto al madero de tormento de Jesús su madre, y la hermana de su madre, María mujer de Cleofas, y María Magdalena.

Cuando vio Jesús a su madre, y al discípulo a quien él amaba, que estaba presente, dijo a su madre:

 

JESÚS:

Mujer, he ahí tu hijo.

 

NARRADOR:

Después dijo al discípulo:

 

JESÚS:

He ahí tu madre.

 

NARRADOR:

Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa.

 

NARRADOR:

Y Jesús decía:

 

JESÚS:

Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.

 

NARRADOR:

Y repartieron entre sí sus vestidos, echando suertes. Y los que pasaban le injuriaban, meneando la cabeza, y diciendo:

 

JUDÍOS:

Tú que derribas el templo, y en tres días lo reedificas, sálvate a ti mismo; si eres Hijo del Poderoso, desciende del madero de tormento.

 

NARRADOR:

De esta manera también los principales sacerdotes, escarneciéndole con los escribas y los fariseos y los ancianos, decían:

 

 

SACERDOTES, ESCRIBAS Y FARISEOS:

A otros salvó, a sí mismo no se puede salvar; si es el Rey de Israel, descienda ahora del madero de tormento, y confiaremos en él. Confió en el Poderoso; líbrele ahora si le quiere; porque ha dicho: Soy Hijo del Poderoso.

 

NARRADOR:

Lo mismo le injuriaban también los ladrones que estaban clavados en maderos de tormentos con él.

Los soldados también le escarnecían, acercándose y presentándole vinagre, y diciendo:

 

SOLDADOS:

Si tú eres el Rey de los judíos, sálvate a ti mismo.

 

NARRADOR:

Y uno de los malhechores que estaban colgados le injuriaba, diciendo:

 

UNO DE LOS MALHECHORES:

Si tú eres el Mesías, sálvate a ti mismo y a nosotros.

 

NARRADOR:

Respondiendo el otro, le reprendió, diciendo:

 

EL OTRO MALHECHOR:

¿Ni aún temes tú al Poderoso, estando en la misma condenación?

Nosotros, a la verdad, justamente padecemos, porque recibimos lo que merecieron nuestros hechos; mas éste ningún mal hizo.

 

NARRADOR:

Y dijo a Jesús:

 

MALHECHOR ARREPENTIDO:

Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino.

 

NARRADOR:

Entonces Jesús le dijo:

 

JESÚS:

De cierto te digo hoy: estarás conmigo en el paraíso.

 

NARRADOR:

Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba consumado, dijo, para que la Escritura se cumpliese:

 

JESÚS:

Tengo sed.

 

NARRADOR:

Y estaba allí una vasija llena de vinagre; entonces ellos empaparon en vinagre una esponja, y poniéndola en un hisopo, se la acercaron a la boca.

Cuando Jesús hubo tomado el vinagre, dijo:

 

JESÚS:

“¡Se ha cumplido!”.

 

NARRADOR:

Cuando era como la hora sexta, hubo tinieblas sobre toda la tierra hasta la hora novena. Y el sol se oscureció.

Cerca de la hora novena, Jesús clamó a gran voz, diciendo:

 

JESÚS:

Elí, Elí, ¿lama sabactani?

 

NARRADOR:

Esto es:

Poderoso mío, Poderoso mío, ¿por qué me has desamparado?

Algunos de los que estaban allí decían, al oírlo:

 

SOLDADOS:

A Elías llama éste.

 

NARRADOR:

Y al instante, corriendo uno de ellos, tomó una esponja, y la empapó de vinagre, y poniéndola en una caña, le dio a beber. Pero los otros decían:

 

JUDÍOS:

Deja, veamos si viene Elías a librarle.

 

NARRADOR:

Entonces Jesús, clamando a gran voz, dijo:

 

JESÚS:

Padre, en tus manos encomiendo mi energía.

 

 

NARRADOR:

Y habiendo dicho esto, inclinando la cabeza, expiró y entregó el aliento de vida.

Y he aquí, el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo; y la tierra tembló, y las rocas se partieron; y se abrieron los sepulcros, y muchos cuerpos de apartados para el Poderoso que habían dormido, se levantaron; y saliendo de los sepulcros, después de la resurrección de él, vinieron a la santa ciudad, y aparecieron a muchos.

El centurión, y los que estaban con él guardando a Jesús, visto el terremoto, y las cosas que habían sido hechas, temieron en gran manera, y dijeron:

 

CENTURIÓN:

Verdaderamente este hombre era justo y era el Hijo del Poderoso.

 

NARRADOR:

Estaban allí muchas mujeres mirando de lejos, las cuales habían seguido a Jesús desde Galilea, sirviéndole, entre las cuales estaban María Magdalena, María la madre de Jacobo y de José, y la madre de los hijos de Zebedeo.

Y toda la multitud de los que estaban presentes en este espectáculo, viendo lo que había acontecido, se volvían golpeándose el pecho. Pero todos sus conocidos, y las mujeres que le habían seguido desde Galilea, estaban lejos mirando estas cosas.

Entonces los judíos, por cuanto era la preparación de la pascua, a fin de que los cuerpos no quedasen en el madero de tormento en el día de reposo (pues aquel día de reposo era de gran solemnidad), rogaron a Pilato que se les quebrasen las piernas, y fuesen quitados de allí.

Vinieron, pues, los soldados, y quebraron las piernas al primero, y asimismo al otro que había sido clavado en el madero de tormento con él.

Mas cuando llegaron a Jesús, como le vieron ya muerto, no le quebraron las piernas. Pero uno de los soldados le abrió el costado con una lanza, y al instante salió sangre y agua. Y el que lo vio da testimonio, y su testimonio es verdadero; y él sabe que dice verdad, para que vosotros también creáis. Porque estas cosas sucedieron para que se cumpliese la Escritura: No será quebrado hueso suyo.

Y también otra Escritura dice: Mirarán al que traspasaron.

Después de todo esto, José de Arimatea, ciudad de Judea, que era discípulo de Jesús, pero secretamente por miedo de los judíos, que también era miembro del concilio, y además un varón bueno y justo, y que también esperaba el reino del Poderoso, y no había consentido en el acuerdo ni en los hechos de ellos, fue a Pilato, y le rogó que le permitiese llevarse el cuerpo de Jesús; y Pilato se lo concedió.

También Nicodemo, el que antes había visitado a Jesús de noche, vino trayendo un compuesto de mirra y de áloes, como cien libras.

Tomaron, pues, el cuerpo de Jesús, y lo envolvieron en una sábana con especias aromáticas, según es costumbre sepultar entre los judíos.

Y en el lugar donde había sido clavado en el madero de tormento, había un huerto, y en el huerto un sepulcro nuevo, en el cual aún no había sido puesto ninguno. Allí, pues, por causa de la preparación de la pascua de los judíos, y porque aquel sepulcro estaba cerca, pusieron a Jesús.

Era día de la preparación, y estaba para comenzar el día de reposo. Y las mujeres que habían venido con él desde Galilea, le siguieron también, y vieron el sepulcro, y cómo fue puesto su cuerpo.

Y vueltas, prepararon especias aromáticas y ungüentos; y descansaron el día de reposo, conforme al mandamiento.

Cuando pasó el día de reposo, María Magdalena, María la madre de Jacobo, y Salomé, compraron especias aromáticas para ir a ungirle.

Y muy de mañana, el primer día de la semana, vinieron al sepulcro, ya salido el sol. Pero decían entre sí:

 

LAS MUJERES:

¿Quién nos removerá la piedra de la entrada del sepulcro?

 

NARRADOR:

Y hubo un gran terremoto; porque un mensajero del Señor, descendiendo del cielo y llegando, removió la piedra, y se sentó sobre ella. Su aspecto era como un relámpago, y su vestido blanco como la nieve. Y de miedo de él los guardas temblaron y se quedaron como muertos.

Pero cuando las mujeres miraron, vieron removida la piedra, que era muy grande. Y cuando entraron, no hallaron el cuerpo del Señor Jesús.

Aconteció que estando ellas perplejas por esto, he aquí se pararon junto a ellas dos varones con vestiduras resplandecientes; y como tuvieron temor, y bajaron el rostro a tierra, les dijeron:

 

DOS ÁNGELES:

No os asustéis; buscáis a Jesús nazareno, el que fue clavado en el madero de tormento; ha resucitado, ¿por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí, sino que ha resucitado. Acordaos de lo que os habló, cuando aún estaba en Galilea, diciendo:

 

JESÚS:

Es necesario que el Hijo del Hombre sea entregado en manos de hombres pecadores, y que sea clavado en el madero de tormento, y resucite al tercer día.

 

DOS ÁNGELES:

Id pronto y decid a sus discípulos que ha resucitado de los muertos, y he aquí va delante de vosotros a Galilea; allí le veréis. He aquí, os lo he dicho.

 

NARRADOR:

Entonces ellas, saliendo del sepulcro con temor y gran gozo, fueron corriendo a dar las nuevas a sus discípulos, porque les había tomado temblor y espanto; ni decían nada a nadie, porque tenían miedo. Ellas se acordaron de sus palabras, y volviendo del sepulcro, dieron nuevas de todas estas cosas a los once, y a todos los demás.

Eran María Magdalena, y Juana, y María madre de Jacobo, y las demás con ellas, quienes dijeron estas cosas a los enviados. Mas a ellos les parecían locura las palabras de ellas, y no las creían. Y mientras iban a dar las nuevas a los discípulos, he aquí, Jesús les salió al encuentro, diciendo:

 

JESÚS:

¡Salve!

 

NARRADOR:

Y ellas, acercándose, abrazaron sus pies, y le dieron reverencia. Entonces Jesús les dijo:

 

JESÚS:

No temáis; id, dad las nuevas a mis hermanos, para que vayan a Galilea, y allí me verán.

 

NARRADOR:

Habiendo, pues, resucitado Jesús, por la mañana del primer día de la semana se apareció primeramente a María Magdalena, de quien había echado siete demonios.

Ella fue de mañana, siendo aún oscuro, al sepulcro; y vio quitada la piedra del sepulcro. Entonces corrió, y fue a Simón Pedro y al otro discípulo, aquel al que amaba Jesús, y les dijo:

 

MARÍA MAGDALENA:

Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde le han puesto.

 

NARRADOR:

Y salieron Pedro y el otro discípulo, y fueron al sepulcro. Corrían los dos juntos; pero el otro discípulo corrió más aprisa que Pedro, y llegó primero al sepulcro. Y bajándose a mirar, vio los lienzos allanados, lisos, pero no entró.

Luego llegó Simón Pedro tras él, y entró en el sepulcro, y vio los lienzos allanados, lisos y el sudario, que había estado enrollado alrededor de la cabeza de Jesús, no allanado como los lienzos, sino enrollado en su mismo sitio.

Entonces entró también el otro discípulo, que había venido primero al sepulcro; y vio, y confió. Porque aún no habían entendido la Escritura, que era necesario que él resucitase de los muertos.

Y volvieron los discípulos a los suyos.

Pero María estaba fuera llorando junto al sepulcro; y mientras lloraba, se inclinó para mirar dentro del sepulcro; y vio a dos mensajeros con vestiduras blancas, que estaban sentados el uno a la cabecera, y el otro a los pies, donde el cuerpo de Jesús había sido puesto. Y le dijeron:

 

DOS ÁNGELES:

Mujer, ¿por qué lloras?

 

NARRADOR:

Les dijo:

 

MARÍA MAGDALENA:

Porque se han llevado a mi Señor, y no sé dónde le han puesto.

 

NARRADOR:

Cuando había dicho esto, se volvió, y vio a Jesús que estaba allí; mas no sabía que era Jesús. Jesús le dijo:

 

JESÚS:

Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?

 

NARRADOR:

Ella, pensando que era el hortelano, le dijo:

 

MARÍA MAGDALENA:

Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo lo llevaré.

 

NARRADOR:

Jesús le dijo:

 

JESÚS:

¡María!

 

NARRADOR:

Volviéndose ella, le dijo:

 

MARÍA MAGDALENA:

¡Raboni!

 

NARRADOR:

(que quiere decir, Maestro).

Jesús le dijo:

 

JESÚS:

No me retengas, porque aún no he subido a mi Padre; mas ve a mis hermanos, y diles: Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Poderoso y a vuestro Poderoso.

 

NARRADOR:

Fue entonces María Magdalena para dar a los discípulos las nuevas de que había visto al Señor, y que él le había dicho estas cosas.

Cuando las mujeres fueron a los discípulos a dar el aviso de que Jesús se había aparecido a ellas, he aquí unos de la guardia fueron a la ciudad, y dieron aviso a los principales sacerdotes de todas las cosas que habían acontecido. Y reunidos con los ancianos, y habido consejo, dieron mucho dinero a los soldados, diciendo:

 

SACERDOTES:

Decid vosotros: Sus discípulos vinieron de noche, y lo hurtaron, estando nosotros dormidos. Y si esto lo oyere el gobernador, nosotros le persuadiremos, y os pondremos a salvo.

 

NARRADOR:

Y ellos, tomando el dinero, hicieron como se les había instruido. Este dicho se ha divulgado entre los judíos hasta el día de hoy.

Pero después Jesús se apareció en otra forma a dos de ellos que iban de camino, yendo al campo.

Estos dos discípulos iban el mismo día a una aldea llamada Emaús, que estaba a sesenta estadios de Jerusalén. E iban hablando entre sí de todas aquellas cosas que habían acontecido. Sucedió que mientras hablaban y discutían entre sí, Jesús mismo se acercó, y caminaba con ellos. Mas los ojos de ellos estaban velados, para que no le conociesen. Y les dijo:

 

JESÚS:

¿Qué pláticas son estas que tenéis entre vosotros mientras camináis, y por qué estáis tristes?

 

NARRADOR:

Respondiendo uno de ellos, que se llamaba Cleofas, le dijo:

 

CLEOFÁS:

¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no has sabido las cosas que en ella han acontecido en estos días? Entonces él les dijo:

 

JESÚS:

¿Qué cosas?

 

NARRADOR:

Y ellos le dijeron:

 

LOS DOS DISCÍPULOS:

De Jesús nazareno, que fue varón profeta, poderoso en obra y en palabra delante del Poderoso y de todo el pueblo; y cómo le entregaron los principales sacerdotes y nuestros gobernantes a sentencia de muerte, y le clavaron en un madero. Pero nosotros esperábamos que él era el que había de redimir a Israel; y ahora, además de todo esto, hoy es ya el tercer día que esto ha acontecido. Aunque también nos han asombrado unas mujeres de entre nosotros, las que antes del día fueron al sepulcro; y como no hallaron su cuerpo, vinieron diciendo que también habían visto visión de mensajeros, quienes dijeron que él vive. Y fueron algunos de los nuestros al sepulcro, y hallaron, así como las mujeres habían dicho, pero a él no le vieron.

 

NARRADOR:

Entonces él les dijo:

 

JESÚS:

¡Oh insensatos, y tardos de corazón para confiar todo lo que los profetas han dicho! ¿No era necesario que el Mesías padeciera estas cosas, y que fuera exaltado?

 

NARRADOR:

Y comenzando desde Moisés, y siguiendo por todos los profetas, les declaraba en todas las Escrituras lo que de él decían.

Llegaron a la aldea adonde iban, y él hizo como que iba más lejos. Mas ellos le obligaron a quedarse, diciendo:

 

LOS DOS DISCÍPULOS:

Quédate con nosotros, porque se hace tarde, y el día ya ha declinado.

 

NARRADOR:

Entró, pues, a quedarse con ellos. Y aconteció que, estando sentado con ellos a la mesa, tomó el pan y bendijo al Poderoso, lo partió, y les dio.

Entonces les fueron abiertos los ojos, y le reconocieron; mas él se desapareció de su vista. Y se decían el uno al otro:

 

LOS DOS DISCÍPULOS:

¿No ardía nuestro corazón en nosotros, mientras nos hablaba en el camino, y cuando nos abría las Escrituras?

 

NARRADOR:

Y levantándose en la misma hora, volvieron a Jerusalén, y hallaron a los once reunidos, y a los que estaban con ellos, que decían:

 

LOS ONCE APÓSTOLES:

Ha resucitado el Señor verdaderamente, y ha aparecido a Simón.

 

NARRADOR:

Entonces ellos contaban las cosas que les habían acontecido en el camino, y cómo le habían reconocido al partir el pan, y ni aún a ellos creyeron.

Finalmente se apareció a los once mismos, estando ellos sentados a la mesa, y les reprochó su desconfianza y dureza de corazón, porque no habían confiado en los que le habían visto resucitado.

Cuando llegó la noche de aquel mismo día, el primero de la semana, estando las puertas cerradas en el lugar donde los discípulos estaban reunidos por miedo de los judíos, vino Jesús, y puesto en medio, les dijo:

 

JESÚS:

Paz a vosotros.

 

NARRADOR:

Y cuando les hubo dicho esto, les mostró las manos y el costado. Y los discípulos se regocijaron viendo al Señor.

Entonces Jesús les dijo otra vez:

 

JESÚS:

Paz a vosotros. Como me envió el Padre, así también yo os envío.

 

NARRADOR:

Y habiendo dicho esto, sopló, y les dijo:

 

JESÚS:

Recibid la energía del Poderoso. A quienes perdonéis los pecados, les son perdonados; y a quienes se los retuviereis, les son retenidos.

 

NARRADOR:

Pero Tomás, uno de los doce, llamado Dídimo, no estaba con ellos cuando Jesús vino. Le dijeron, pues, los otros discípulos:

 

DISCÍPULOS:

Al Señor hemos visto.

 

NARRADOR:

Él les dijo:

 

TOMÁS:

Si no viere en sus manos la señal de los clavos, y metiere mi dedo en el lugar de los clavos, y metiere mi mano en su costado, no confiaré.

 

NARRADOR:

Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro, y con ellos Tomás. Llegó Jesús, estando las puertas cerradas, y se puso en medio y les dijo:

 

JESÚS:

Paz a vosotros.

 

NARRADOR:

Luego dijo a Tomás:

 

JESÚS:

Pon aquí tu dedo, y mira mis manos; y acerca tu mano, y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.

 

NARRADOR:

Entonces Tomás respondió y le dijo:

 

TOMÁS:

¡Señor mío, y Poderoso mío!

 

NARRADOR:

Jesús le dijo:

 

JESÚS:

Porque me has visto, Tomás, creíste; bienaventurados los que no vieron, y creyeron.

 

NARRADOR:

Entonces, espantados y atemorizados, pensaban que veían un espíritu. Pero él les dijo:

 

JESÚS:

¿Por qué estáis turbados, y vienen a vuestro corazón estos pensamientos? Mirad mis manos y mis pies, que yo mismo soy; palpad, y ved; porque un espíritu no tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo.

 

NARRADOR:

Y diciendo esto, les mostró las manos y los pies. Y como todavía ellos, de gozo, no lo creían, y estaban maravillados, les dijo:

 

JESÚS:

¿Tenéis aquí algo de comer?

 

NARRADOR:

Entonces le dieron parte de un pez asado, y un panal de miel. Y él lo tomó, y comió delante de ellos. Y les dijo:

 

JESÚS:

Estas son las palabras que os hablé, estando aún con vosotros: que era necesario que se cumpliese todo lo que está escrito de mí en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos.

 

NARRADOR:

Entonces les abrió el entendimiento, para que comprendiesen las Escrituras; y les dijo:

 

JESÚS:

así está escrito, y así fue necesario que el Mesías padeciese, y resucitase de los muertos al tercer día; y que se predicase en su nombre el cambio de la forma de pensar y el perdón de pecados en todas las naciones, comenzando desde Jerusalén. Y vosotros sois testigos de estas cosas. He aquí, yo enviaré la promesa de mi Padre sobre vosotros; pero quedaos vosotros en la ciudad de Jerusalén, hasta que seáis investidos de poder desde lo alto.

Id por todo el mundo y predicad la Buena Noticia a toda criatura. El que confíe y fuere bautizado, será salvo; mas el que no confíe, será condenado. Y estas señales seguirán a los que confían: En mi nombre echarán fuera demonios; hablarán nuevos idiomas; tomarán en las manos serpientes, y si bebieren cosa mortífera, no les hará daño; sobre los enfermos pondrán sus manos, y sanarán.

 

NARRADOR:

Y cuando le vieron, le dieron reverencia; pero algunos dudaban. Y Jesús se acercó y les habló diciendo:

 

JESÚS:

Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra. Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en mi nombre; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin de esta era. Con toda certeza así es.

 

NARRADOR:

Después de esto, Jesús se manifestó otra vez a sus discípulos junto al mar de Tiberias; y se manifestó de esta manera:

Estaban juntos Simón Pedro, Tomás llamado el Dídimo, Natanael el de Caná de Galilea, los hijos de Zebedeo, y otros dos de sus discípulos. Simón Pedro les dijo:

 

PEDRO:

Voy a pescar.

 

NARRADOR:

Ellos le dijeron:

 

DISCÍPULOS:

Vamos nosotros también contigo.

 

NARRADOR:

Fueron, y entraron en una barca; y aquella noche no pescaron nada.

Cuando ya iba amaneciendo, se presentó Jesús en la playa; mas los discípulos no sabían que era Jesús. Y les dijo:

 

JESÚS:

Hijitos, ¿tenéis algo de comer?

 

NARRADOR:

Le respondieron:

 

DISCÍPULOS:

No.

 

NARRADOR:

Él les dijo:

 

JESÚS:

Echad la red a la derecha de la barca, y hallaréis.

 

NARRADOR:

Entonces la echaron, y ya no la podían sacar, por la gran cantidad de peces.

Entonces aquel discípulo a quien Jesús amaba dijo a Pedro:

 

DISCÍPULO:

¡Es el Señor!

 

NARRADOR:

Simón Pedro, cuando oyó que era el Señor, se ciñó la ropa (porque se había despojado de ella), y se echó al mar.

Y los otros discípulos vinieron con la barca, arrastrando la red de peces, pues no distaban de tierra sino como doscientos codos.

Al descender a tierra, vieron brasas puestas, y un pez encima de ellas, y pan.

Jesús les dijo:

 

JESÚS:

Traed de los peces que acabáis de pescar.

 

NARRADOR:

Subió Simón Pedro, y sacó la red a tierra, llena de grandes peces, ciento cincuenta y tres; y aún siendo tantos, la red no se rompió.

Les dijo Jesús:

 

JESÚS:

Venid, comed.

 

NARRADOR:

Y ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: ¿Tú, quién eres? sabiendo que era el Señor.

Vino, pues, Jesús, y tomó el pan y les dio, y asimismo del pescado.

Esta era ya la tercera vez que Jesús se manifestaba a sus discípulos, después de haber resucitado de los muertos.

Cuando hubieron comido, Jesús dijo a Simón Pedro:

 

JESÚS:

Simón, hijo de Jonás, ¿me amas más que éstos?

 

NARRADOR:

Le respondió:

 

PEDRO:

Sí, Señor; tú sabes que te amo.

 

NARRADOR:

Él le dijo:

 

JESÚS:

Apacienta mis corderos.

 

NARRADOR:

Volvió a decirle la segunda vez:

 

JESÚS:

Simón, hijo de Jonás, ¿me amas?

 

NARRADOR:

Pedro le respondió:

 

PEDRO:

Sí, Señor; tú sabes que te amo.

 

NARRADOR:

Le dijo:

 

JESÚS:

Pastorea mis ovejas.

 

NARRADOR:

Le dijo la tercera vez:

 

JESÚS:

Simón, hijo de Jonás, ¿me amas?

 

NARRADOR:

Pedro se entristeció de que le dijese la tercera vez: ¿Me amas? y le respondió:

 

PEDRO:

Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te amo.

 

 

NARRADOR:

Jesús le dijo:

 

JESÚS:

Apacienta mis ovejas.

De cierto, de cierto te digo: Cuando eras más joven, te ceñías, e ibas a donde querías; mas cuando ya seas viejo, extenderás tus manos, y te ceñirá otro, y te llevará a donde no quieras.

 

NARRADOR:

Esto dijo, dando a entender con qué muerte había de glorificar al Poderoso. Y dicho esto, añadió:

 

JESÚS:

Sígueme.

 

NARRADOR:

Volviéndose Pedro, vio que les seguía el discípulo a quien prefería Jesús, el mismo que en la cena se había recostado al lado de él, y le había dicho: Señor, ¿quién es el que te ha de entregar?

Cuando Pedro le vio, dijo a Jesús:

 

PEDRO:

Señor, ¿y qué de éste?

 

NARRADOR:

Jesús le dijo:

 

JESÚS:

Si quiero que él quede hasta que yo venga, ¿qué a ti? Sígueme tú.

 

NARRADOR:

Este dicho se extendió entonces entre los hermanos, que aquel discípulo no moriría. Pero Jesús no le dijo que no moriría, sino: Si quiero que él quede hasta que yo venga, ¿qué a ti? 

Este es el discípulo que da testimonio de estas cosas, y escribió estas cosas; y sabemos que su testimonio es verdadero.

Y hay también otras muchas cosas que hizo Jesús, las cuales, si se escribieran una por una, pienso que ni aún en el mundo cabrían los libros que se habrían de escribir. Con toda certeza así es.

Jesús, después de haber padecido, se presentó vivo con muchas pruebas convincentes, apareciéndoseles durante cuarenta días y hablándoles acerca del reino del Poderoso.

Y estando juntos, les mandó lo siguiente a sus discípulos:

 

JESÚS:

No os marchéis de Jerusalén, sino esperad la promesa del Padre, la cual oísteis de mí. Porque Juan ciertamente bautizó con agua, mas vosotros seréis bautizados con la energía del Poderoso dentro de no muchos días.

 

NARRADOR:

Entonces los que se habían reunido le preguntaron, diciendo:

 

DISCÍPULOS:

Señor, ¿restaurarás el reino a Israel en este tiempo?

 

NARRADOR:

Y les dijo:

 

JESÚS:

No os toca a vosotros saber el tiempo o la ocasión que el Padre determinó con su propia autoridad; pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros la energía del Poderoso, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra.

 

NARRADOR:

Y habiendo dicho estas cosas, bendiciéndolos, se separó de ellos, y fue llevado arriba al cielo, viéndolo ellos, fue alzado, y le recibió una nube que le ocultó de sus ojos, y se sentó a la diestra del Poderoso.

Y estando ellos con los ojos puestos en el cielo, entre tanto que él se iba, he aquí se pusieron junto a ellos dos varones con vestiduras blancas, los cuales también les dijeron:

 

LOS DOS ÁNGELES:

Varones galileos, ¿por qué estáis mirando al cielo? Este mismo Jesús, que ha sido tomado de vosotros al cielo, así vendrá como le habéis visto ir al cielo.

 

NARRADOR:

Ellos, después de haberle dado reverencia, volvieron a Jerusalén desde el monte que se llama del Olivar el cual está cerca de Jerusalén, camino de un día de reposo, y volvieron con gran gozo; y estaban siempre en el templo, alabando y bendiciendo al Poderoso. Y ellos, saliendo, predicaron en todas partes, ayudándoles el Señor y confirmando la palabra con las señales que la seguían. Con toda certeza así es.

Hizo además Jesús muchas otras señales en presencia de sus discípulos, las cuales no están escritas en este libro.

Pero éstas se han escrito para que confiéis que Jesús es el Mesías, el Hijo del Poderoso, y para que, confiando, tengáis vida en su nombre.

 

fin

 

 

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ÍNDICE

 

PRÓLOGO.

1- LOS DOS JEHOVÁS.

2- LOS DOS JEHOVÁS CREARON AL VARÓN A IMAGEN Y SEMEJANZA DE ELLOS.

3- 74 PERSONAS SUBIERON AL MONTE Y VIERON AL DIOS DE ISRAEL Y COMIERON Y BEBIERON CON ÉL.

4- EL ÁNGEL DE JEHOVÁ TAMBIÉN SE LLAMA JEHOVÁ.

5- MOISÉS HABLABA CARA A CARA CON EL SEGUNDO JEHOVÁ.

6-JESÚS RESUCITADO TIENE UN CUERPO DE CARNE Y HUESOS Y PUEDE COMER Y BEBER.

7- EL apóstol Pablo dijo que hay carnes celestiales.

8- CRISTO RESUCITADO ES ESPÍRITU VIVIFICANTE.

9- VIVIFICADO POR EL ESPÍRITU.

10- JESÚS RESUCITADO SIGUE SIENDO DEL LINAJE DE DAVID.

11- JESÚS VENDRÁ DEL CIELO DE LA MISMA FORMA QUE SE FUE.

 

 

 

 

 

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EL CATECISMO DEL PADRE Y DEL HIJO

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REFUTADAS LAS MENTIRAS DEL ARRIANISMO Y DEL TRINITARISMO:

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EL SEÑOR JEHOVÁ DE ZACARÍAS 14 ES EL SEÑOR JESUCRISTO:

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